Partido Revolucionario de los Trabajadores
Sección mexicana de la IV Internacional

Me cansé de ser hombre (1era parte)


Sucede que me canso de ser hombre” escribe Pablo Neruda como primer verso de su poema Walking around, verso que resume un conjunto de causas –malestares- origen de este trabajo. No se trata de una fatiga de “lo humano” en general, sino de eso humano propio de los hombres, de la masculinidad. Porque ahora se me rebela claramente como una cárcel, una forma de implicarse y de estar implicando en la experiencia fundada en una férrea reducción de las capacidades receptivas y representativas. Si hay algo evidente para mí en la condición masculina –y valga este no fortuito juego de palabras- es que impide ver (dimensiones del trabajo, de los sentimientos, la urdimbre de la vida cotidiana). El deber ser masculino es algo así como atravesar rápidamente un bosque sin mirar los árboles, derrotando como sea cualquier obstáculo en la carrera enajenado, borrado, si se pierde, o exhibiendo, si se triunfa, las huellas de los combates.

Percatarse de la ceguera es reconocer un límite, y definirlo –apunta Igor Caruso- fincar las bases de una utopía: su transgresión. Es esto lo que persigue el trabajo, una definición de fronteras y su ruptura; en pero me niego a separar razón y sentimiento porque escribo me resulta necesario y no quiero esconder su causa discursivamente. Me fatiga adecuarme a una condición heredada, utilizar su poder mezquino, trozar con descuido la sinuosidad del mundo, y porque si algo he aprendido de la lucha de las mujeres es que “lo personal es político”, que la realidad es mucho más complejo que la simple división entre “subjetivo” y “objetivo”, y no deseo olvidarlo. Si lo tengo presente, si lo defino es porque hasta ahora he vivido escindido y porque si de hecho ya he convertido la política en una política personal, ¿por qué no puedo hacer lo contrario?

Gabriela se marchó. Dijo, y le creo, que no se había terminado el afecto pero que le era muy difícil continuar una relación de pareja. El proceso que llevó al final de nuestra relación fue muy tortuoso y conflictivo, pero el tiempo de la ruptura fue cosa de tres semanas en las que se instaló un violento silencio, y cuyo inicio y fin fueron una disputa en Coyoacán y dos llamadas telefónicas, nada más. Gabriela impuso una distancia radical –se fue de vacaciones-, se cubrió el alma y me confinó, durante semanas a algo así como un bote de basura. ¿Por qué?

Yo era lo que en el partido denominamos burlándonos, “un militante de hierro”, un camarada empeñado en realizar todas sus tareas, a quien otros espacios de la práctica se le van angostando (me levantaba entre las siete y las ocho de la mañana, asistía a una reunión que aunque citada a las 9 empezaba una hora más tarde. Tomaba una o dos clases, daba conferencias políticas, ayudaba a la formación de comités, entregaba paquetes, participaba en el movimiento estudiantil, en la solidaridad con El Salvador y una organización partidaria; comía con compañeros para discutir política, regresaba a la Universidad para ver a Gabriela, leía en los camiones, asistía a otra reunión nocturna, regresaba de madrugada a mi casa y preparaba clases. Los fines de semana, de la noche del sábado a la media noche del domingo, vivía con Gabriela, y así … casi un año).

El trabajo intenso de un militante tiene en general causas muy precisas: la magnitud y calidad de los problemas en el trabajo político rebasan, por mucho, la capacidad de un partido en el México actual. Las tareas son muchas y generan una fuerte atracción que subsume al militante. De esta característica de la vida política de izquierda muchos desprenden una imagen demoníaca del partido: la revolución devora a sus hijos, es un implacable Cronos de insaciable apetito. Pero los que así razonan olvidan la causa originaria de la organización: en una formación social libre de toda opresión no sería necesaria su existencia, su vida ocurre en un espacio social castrense que se concibe a sí mismo como total y eterno, y que convence e impone su imaginaria perennidad. Si existe el partido, si sus tareas son tan vastas que pueden limitar algunos ámbitos de la individualidad, es porque la situación opresiva a transformar es inmensa y existe un estado (la violencia organizada de la clase dominante) que la sostiene. Es verdad que un partido burocratizado se convierte en una carga para sus militantes, porque se transforma de instrumento en fin, lo que lo lleva a reproducir esquemas de poder autoritario patriarcal burgués necesarios a la dominación del pequeño grupo que entonces monopoliza las decisiones. No es el caso de mi organización, somos un partido democrático, pero sabemos muy bien que la burocratización es un peligro que acecha a toda organización política, y por eso, no nos concebimos como “los puros”.

Pero el reconocimiento de las limitaciones a la vida personal que la militancia impone –lo que supone la comprensión de las relaciones entre lo personal y lo público como dialécticas, en las que efectivamente participan dos niveles- habría que oponer la siguiente consideración: el militante tiende a establecer una relación consciente entre la libertad y la necesidad, relación que inevitablemente es contradictoria y ajena a la mayoría de los hombres y mujeres de una sociedad burguesa. Porque no participar en política, respetando los espacios que para cada práctica social impone la burguesía –y la vida privada, no de manera absoluta es verdad, forma parte de esos espacios no hace a nadie más “libre”.

¿No es, por ejemplo, el tiempo libre, para la mayoría de nosotros, una bofetada burlona que la misma gente que controla nuestro tiempo laboral nos da cada fin de semana? El militante ha decidido morir un poco para este mundo y concentrar su energía en el trabajo de transformación radical de la sociedad… Pero aquí es donde empiezan los problemas, porque ¿a qué mundo muere el militante?, ¿su vida es sólo morir?, ¿es un cristiano embozado que se mutila vitalmente para ganar la vida en el más allá de la sociedad sin clases? No, o mejor, no debería ser así, porque la militancia es válida entre otras cosas, si a la primera extensión de la conciencia y prácticas de lo individual a lo colectivo, no sigue un empobrecimiento personal en otros ámbitos, si, por el contrario, abre nuevos espacios en la existencia cotidiana actual (como de hecho lo hace, lo que sucede es que parece detenerse en ciertas esferas).

La organización revolucionaria, precisamente porque es un instrumento clave en la destrucción del poder clasista, porque es el facto subjetivo sin el cual no es posible la revolución, debe asumir desde ahora todo lo que se inscribe en lo subjetivo, debe asumir desde ahora la aparición de la nueva vida, y no restringirse a lo estrictamente político (restricción que, por otra parte, nunca es absoluta), porque la sociedad no es sólo sus instancias políticas.

Es desde esta perspectiva que pueden ubicarse algunos problemas, porque ¿no es posible para los militantes caer en la automistificación?, ¿hasta qué punto se renuncia al mundo –válida- en la medida que implica una ruptura con los roles prefijados-, no se convierte, en el terreno de la llamada vida privada, en una desatención pretendidamente justificada por la apelación a las exigencias del “importante trabajo político?”, ¿no es esto la reproducción de la ruptura burguesa entre vida personal y vida pública?, ¿y quiénes en nuestra sociedad viven fundamentalmente la “cosa pública”?, ¿no somos los hombres? Por eso, entre otras muchas cosas, se fue Gabriela. No lo entendí aunque me lo gritara. La adopción de una militancia política no nos inmuniza contra prácticas opresivas en determinados ámbitos, fundamentalmente aquellos que no han sido suficientemente discutidos y asumidos como problemas de la revolución por parte de la mayoría de la izquierda. Son los llamados problemas “subjetivos” (el amor, la familia, la sexualidad, etc.), en los que el problema de la opresión de la mujer es básico, porque así como existe una división social del trabajo entre manual e intelectual, pieza clave en la dominación clasista, existe una división sexual del trabajo y los sentimientos igualmente secular e importante en la explotación de los trabajadores. No puede haber revolución socialista sin liberación de la mujer y sin ruptura del rol masculino.

Gabriela se marchó, se cansó de esperar. El militante de hierro siempre llega tarde, modifica, en función de las necesidades del trabajo político –trabajo público, su trabajo, el importante- el tiempo y el espacio en los que se daba el amor. Gabriela se marchó y tuvo razón.

Esta circunstancia personal y las reflexiones que me suscitaron me condujeron a María Luis Puga. Encontré por ejemplo, que en el cuento “Las Mariposas”, de su libro Accidentes, María Luisa Puga traga el problema de la escisión entre lo público y lo privado en la vida cotidiana militante. Podría objetársele que los revolucionarios de su texto son más un grupo de blanquistas[1] - un grupo armado clandestino muy selecto sin ningún contacto con trabajadores- que una organización revolucionaria-marxista, circunstancia que distorsionaría el conflicto real entre lo subjetivo y lo objetivo de un militante (revolucionario) actual. Sin embargo, aunque la caracterización de los militantes de María Luisa Puga como blanquistas es en general correcta no vuelve inexistente el conflicto base de su relato, ni invalida su tratamiento: la casi total ruptura de los militantes de su relato con la sociedad le permite a la autora una acertada expresión de esa lucha entre la realidad-objetiva y el deseo-subjetivo, que las condiciones de la vida en una sociedad burguesa magnifican.

El personaje protagónico, un militante preso, enfermo y por esta razón momentáneamente recluido en un hospital, nos hace el recuento de su vida mientras espera las sesiones de tortura. De entrada nos informa que posee dos historias. Una subjetiva, deseada, que nunca pudo concretarse, y otra, objetiva, más producto de la fatalidad que la elección, iniciada y sostenida por una serie de acontecimientos azarosos (accidentes) que introduce al personaje en dinámicas de las que no puede escapar (entre ellas la militancia)

Hay lo que uno quiere hacer, y lo que uno va pudiendo hacer. Entre lo que uno va pudiendo hacer, hay una serie de vericuetos engañosos –que parecen atajos, pero que en realidad lo hacen a uno desembocar en ramificaciones infinitas, cada vez más alejadas de lo que uno quería hacer. (…)

Ahora bien, en esta doble vida –ya que podríamos llamarla así, me parece- me he pasado el tiempo desde que tengo conciencia. Con un problema: mientras que lo que he ido pudiendo hacer se ha encadenado en algo que bien podría llamarse mi historia –aunque yo sé con toda claridad que no es mi historia- lo que he querido hacer ha quedado pendiente desde el principio. No tiene coherencia ni mucho menos continuidad. No tiene un objetivo. No tiene historia. Está simple y sencillamente presente (1)

La escisión entre los dos niveles de la experiencia (que, repito, se encuentran en una relación dialéctica cuyas oscilaciones están determinadas por situaciones concretas) está sintetizada por la expresión “esta doble vida”. Una de las cuales, la exterior, se inicia y cierra con sucesos azarosos que sin embargo desembocan en la tiranía de la fatalidad: a los ocho años, el personaje principal asiste a la reprimenda que el dueño de un comercio hace uno de sus empleados que la soporta sin protestar porque tiene hambre. Este acontecimiento marca al personaje, que en ese momento opta por uno de los contrincantes sociales, los trabajadores, elección que prefigura su trabajo político.

Bueno, en ese instante me prometí que el empleado sería mi amigo y dije al comerciante –justo en el momento en el que el otro se metía en la trastienda, por lo que no me oyó

- Usted no le grita así a mi amigo

Ni se fijó en mí, naturalmente, pero ahí comenzó mi otra historia, es decir, la historia que me pasó, no la mía.(2)

No hay que confundirse: el personaje efectúa una elección ante una circunstancia dispuesta por el azar. Elegir es entonces una reacción. Si cambia la circunstancia, cambian la elección y la historia individual que produce. La decisión sartreana origen de la esencia personal aquí se ve minimizada por las circunstancias. Por eso el personaje no se siente libre y se percibe ajeno:

Yo sé bien que no me queda más remedio que aceptar que ahora soy, a los 48 años, el resultado de eso que he ido pudiendo hacer; que no soy mi resultado, en una palabra, que me soy, si se quiere, ajeno. (4)

Esta historia termina también con un acontecimiento inesperado: durante el asalto a un banco, el personaje principal sufre un ataque de apendicitis que lo lleva a la captura, el hospital y la tortura y muerte seguras. No hay libertad posible.

Esta ausencia de libertad es enfatizada con la descripción de la vida de los hijos de los revolucionarios. Cuando los padres eligieron la cotidianidad clandestina decidieron la marginación social de sus hijos. Los que luchan por la libertad impiden la libre elección de sus descendientes.

Vivíamos en una doblez completa a la que los niños se iban sumando con toda naturalidad, imitándonos, claro, pero quizás asumiéndola con un instinto de supervivencia. Sabíamos todos, que estábamos arriesgando sus vidas de una manera absoluta y que ellos jamás tendrían esa perspectiva extra que inevitablemente teníamos todos los adultos. Éramos perfectamente conscientes, más que ningún otro padre, creo, de que habíamos decidido por ellos. Pero no había habido otro remedio. (4)

A esta historia, tejida por la fatalidad, se opone otra, subjetiva, que en sentido estricto no es historia porque no ha acumulado acontecimientos, carece de cuerpo, es el ámbito del persistente deseo, que no tiene pasado ni futuro porque no es acción sino potencia. Este ámbito subjetivo, que para el personaje protagónico define la individualidad, está regido por el aplazamiento y la frustración. Cuando alguna vez el militante tuvo la oportunidad de comprar un libro sobre mariposas, adquirió mejor otro sobre los cristeros, dejando para después la satisfacción de su curiosidad por los insectos. Mariposas y cristeros eran una curiosidad (respuesta relativamente espontánea y relativamente personal al misterio del mundo) pero su elección, que excluyó para siempre la posibilidad de conocer algo sobre las mariposas, responde también a la ya indicada preeminencia de lo objetivo sobre los subjetivo. Los cristeros son lo serio, la historia las mariposas son un “capricho” (deseo personal sin aparente justificación).

Compré el de los cristeros. Lo escogí con esa típica conciencia moralizante que obliga a uno a escoger lo “serio”. Sé que sentí que me traicionaba … (5)

A la erosión del deseo –minado por el desplazamiento- contribuye también la propia lógica social que obstaculiza la realización de los sueños. El militante imagina, por ejemplo, proporcionar seguridad a sus hijos, excluirlos de la peligrosa vida clandestina, pero cuando apenas comienza a aceptar su propósito la policía allana su domicilio y asesina a su compañera y a sus hijos.

La lógica de la frustración se extiende también a la organización revolucionaria. Casi al final del cuento, el militante narrador nos comunica que el movimiento es ahora resistencia, retrocede, camina hacia su extinción. No podía ser de otra forma, porque la organización revolucionaria es, entre otras cosas, la organización de una voluntad de transformar la miseria social, de enriquecer el mundo; pertenece entonces, según la lógica del cuento, al terreno del deseo, y de acuerdo a esa misma lógica, el deseo es una utopía.

Y es que la única manera en que se me ocurre describir al grupo –al que a veces llamo movimiento, otra organización, da lo mismo porque era todo eso. Ahora ya no. Ahora es un intento de resistencia pero digo, la única manera en que podría describirlo, es como a un conjunto de utopías más o menos independientes entre sí en el momento de su inicio, pero que después se iban entretejiendo, se iban utilizando para imprimir a sus actividades la variedad infinita de esa realidad de la cual todas habían partido buscando otra cosa (6).

El carácter utópico de la organización, y sobre todo, el valor positivo asignado a la utopía debido a su imposibilidad de convertirse en historia, queda muy claro con la descripción de la subjetividad de un agente imperialista norteamericano:

(El agente creía en su superioridad). Una superioridad más que concreta, por lo demás, aunque no fuera sino parte de eses sueño de alcances universales concebido en los barcos cruzando el Atlántico. Un sueño que nunca pretendió ser más que eso: un sueño, pero que iba a ser diseminado por la faz de la tierra. Impuesto, quiero decir. Un sueño que nunca dejó a un lado su calidad de ilusorio para proceder a luchar por una realidad. Un sueño, en fin, que no llegó a utopía porque antes se convirtió en matanza. (7)

En este cuento lo que se vuelve historia se degrada porque la oposición entre historia e individuo –que comprende las oposiciones objetivo vs subjetivo, principio de realidad vs principio de placer, curiosidad espontánea vs necesidades socialmente aprendidas, etc. –no es dialéctica, sino absoluta, de lógica formal. Por eso el grupo de revolucionarios de María Luis Puga no es marxista, son revolucionarios utópicos. El marxismo sueña porque tiene los pies en la tierra –recuérdese el ¿Qué hacer? De Lenin- y lucha por materializar sus planteamientos porque no separa de manera absoluta la realidad objetiva de la subjetiva. La lógica del cuento de María Luisa Puga reproduce la forma en que efectivamente vivimos en una sociedad burguesa el conflicto entre lo privado y lo público. La práctica social burguesa oculta las determinaciones sociales de la conducta personal –mediante la ideología del individuo-, y más importante que eso, realmente logra que la problemática subjetiva cotidiana de hombres y mujeres se viva en el espacio individual. Además, existe una escala de valores donde lo que no se relaciona directamente con el trabajo productivo es concebido como secundario, razón por la que su aplazamiento se asume como plenamente justificado. El texto de María Luisa Puga, construido sobre la escisión absoluta de lo privado y lo público, expresa nuestra vida escindida cotidiana actual, y señala una experiencia opresiva: en sociedades como la nuestra, la historia le ha sido hurtada al individuo.

“sucede que me canso de ser hombre” o ya me aburrí del heroísmo, de ser siempre el que regresa, el que llega, el que camina por desiertos y selvas, ocultando las lágrimas, poetizando la rabia y eludiendo el grito. Con mi metro y sesenta y un centímetros y una evidente fragilidad física, ya me cansé de matar leones, de ser caballero errante, siempre cortés, siempre con la lanza preparada.

Gabriela se marchó y me dejó perplejo. El estupor fue el soporte de mis respuestas porque , si como dice Agnes Heller, “sentir es estar implicado en algo” (8), yo no podía sentir –conocer, percibir- lo que Gabriela me pedía porque desconocía ese algo. Porque si bien el hecho de que la realidad está concebida a imagen y semejanza del ideal masculino, y esto es indudable fuente de poder e impunidad, también y precisamente porque como toda forma de poder opresivo se asume como totalidad, es una enorme limitación. ¿Qué miramos los hombres además de a nosotros mismos? Para nosotros la alteridad no existe, nuestro pretendido opuesto, “la feminidad”, es en alto grado también un producto patriarcal. Paseamos por el mundo con un espejo en la mano … dirigido al rostro que nos han impuesto, la realidad se nos pasa de largo. La condena a la nada que la masculinidad impone a lo que no se le somete se revierte: la masculinidad empieza, afortunadamente, a ser históricamente innecesaria.

Cuando Gabierla se marchó me sentí estúpido y muy triste. No entendí aunque supiera. Habíamos platicado mucho sobre mi postergación de lo personal, de la opresión de la mujer, de mi incapacidad para enfrentar la vida material (no sabía cocinar, ni administrar dinero, ni planchar, etc.). Pero no es lo mismo saber que implicarse, y si, por ejemplo, lavaba platos o barría, dichas prácticas no existían en mi realidad porque siempre las asumía como agregados, no como un trabajo en el que es necesario participar, del que es necesario ocuparse. Si esto se hace extensivo al terreno sentimental, se comprenderá por qué me era tan fácil disponer de su tiempo y espacio. Lo que no se problematiza no se comprende. El espacio y tiempo del amor eran un espacio y tiempo cómodos, algo dado, porque podía manejarse, adaptarse. A fin de cuentas lo colocaba, aunque no quisiera, en mi periferia.

Sin embargo, no pienso permanecer en esa condición que tiende hacia la nada. Ni siquiera la asumo como propia, me es íntima pero no la he escogido. Se que su transgresión es difícil porque supone la superación de actividades de poder autoritario, muy cómodas y reforzadas por las convenciones patriarcales, pero también sé que no se puede vivir permanentemente mutilado. El poder masculino no está desligado de la dominación clasista, se implican mutuamente, pues si es la sociedad burguesa la que produce la escisión que sufre el personaje principal del cuento de María Luisa Puga, son los valores patriarcales y la práctica sexista (machista) los que la imponen y justifican en la vida cotidiana.

Por eso el machismo es tener el enemigo en casa. Otorga poder a cambio de la mutilación de la experiencia personal y por esto también la condición masculina no puede modificarse a sí misma.

La liberación subjetiva de la humanidad no puede edificarse más que sobre las subjetividades que se oponen a la sentimentalidad opresiva masculina, y en este momento esas subjetividades son las de las mujeres y la de homosexuales y lesbianas. Es evidente que esas subjetividades están deformadas y enajenadas en tanto que oprimidas, pero es privilegio de los oprimidos plantear en su lucha de liberación los límites de su adversario y extender su conciencia de todos los oprimidos y explotados del mundo.

Por eso quiero aprender de las mujeres, por eso centro mi trabajo en los textos de una autora. Quiero saber qué dicen, qué piensan las mujeres, qué cosas ven que yo no veo. La lucha de las mujeres es mi lucha, porque su liberación me libera.

NOTAS

  1. Puga María Luisa, “Las mariposas” en Accidentes, Martin Casillas editores, México 1981, 128-129pp.

  2. Puga María Luisa, Op. Cit., 133 p.

  3. Ídem, 129 p.

  4. Ídem, 139 p.

  5. Ídem, 127 p.

  6. Ídem, 148 p.

  7. Ídem, 161 p.

  8. Heller Agnes, Teoría de los sentimientos, colección Ensayo Contemporáneo, Editorial Fontamara, Barcelona 1980, 17 p.

Ilustraciones: Wilhelm Reich, Listen Little man.

[1] Blanquistas: Corriente revolucionaria del siglo XIX que planteaba la toma del poder por un grupo soelecto de individuos que lo entregarían a las masas.

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