Partido Revolucionario de los Trabajadores
Sección mexicana de la IV Internacional

A un año del gobierno de AMLO


Gerardo Rayo


Las élites mexicanas desde la Independencia de México se han caracterizado por su profunda cerrazón para dejar de gobernar, por aferrarse al poder de una y mil formas, porque saben que de ello dependen sus privilegios. Ninguna élite en México ha construido su riqueza sin el sufrimiento de la población.


De ahí que, cada vez que surgen alternativas dentro de los límites de la legalidad, dichas élites hacen todo lo posible por impedir el ascenso de nuevas figuras políticas que les obliguen a compartir el poder. Francisco I. Madero no era para nada un revolucionario, fue un político que comprendía que esa élite rancia del porfiriato debía de dar paso a elecciones libres y democráticas, demanda elemental que no fue cumplida y que llevó, junto con otros tantos elementos, al torbellino de la Revolución Mexicana. Esa élite porfirista, de la que hoy mismo se vanaglorian las élites, era incapaz de ver su caída.


En el curso de las revoluciones sociales un sistema político y social completamente cerrado y accesible sólo para una parte de la población termina por derrumbarse cuando las condiciones de miseria y explotación son tan insoportables que la población decide cambiar de rumbo. Trotsky se refiere a dicho proceso como el “método de las aproximaciones sucesivas”, es decir, la población intenta una y otra vez resolver sus males dentro de los límites de la legalidad, cuando eso no funciona, lo intenta mediante la presión generada a partir de huelgas y lucha en las calles; cuando eso tampoco funciona, da un salto hacia la última salida que es la confrontación social abierta contra los defensores del status quo.[1]


En ese contexto, los trabajadores y campesinos mexicanos se han orientado hacia dicha dirección. La lucha se ha dado en las calles y se ha dado contra los diferentes gobiernos del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y del Partido Acción Nacional (PAN) que nada han resuelto, por ejemplo: el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional del 1 de enero de 1994, día de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio; la lucha del Sindicato Mexicano de Electricistas posterior a la extinción de Luz y Fuerza del Centro; los maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) que en 2006 estuvieron por derrocar al nefasto gobernador priísta, Ulises Ruíz, participando en un proceso de autoorganización popular consolidada en la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO); o las protestas a nivel nacional e internacional por la desaparición de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, por mencionar sólo algunos casos.

Ahora bien, las anteriores luchas se enmarcan bajo el neoliberalismo, que ha representado una degradación de las condiciones de vida de la población, proceso agudizado desde 2006 por la “guerra contra el narcotráfico”. Hubo de pasar poco más de 30 años para desmantelar casi por completo la caricatura del estado de bienestar en México por un lado, y por el otro, para militarizar el país, situación que ha favorecido de forma sistemática la represión política en múltiples formas como el asesinato, la desaparición, la tortura y el secuestro contra los activistas sociales y periodistas. De tal forma, la “guerra contra el narcotráfico” fue la excusa perfecta para completar la neoliberalización del país, o en palabras de David Harvey, “la acumulación por desposesión”.


La “guerra contra el narco” estableció un estado de excepción permanente no declarado en el país, para el cual no existe ninguna restricción del uso de la fuerza. Dicho estado de excepción se instrumentó a partir de la militarización. Esto a su vez tuvo consecuencias como favorecer al narcotráfico, despojar y desplazar a comunidades que habitan regiones con importantes recursos naturales y criminalizar la protesta social.


A su vez, esta “guerra” disparó la violencia que ha alcanzado niveles sin precedentes en la historia moderna del país. En México no existe un Estado fallido o un “narco-estado”; esas son categorías burguesas que plantean al Estado como un órgano por encima de la sociedad, que garantiza la seguridad y la vida de sus habitantes. Por el contrario, desde el marxismo podemos afirmar sin lugar a dudas que el Estado en México ni es fallido ni es débil: su lógica es la del Estado capitalista, es decir, garantizar de cualquier forma la reproducción del capital, sin importar si eso implica muerte e ilegalidad. Entonces, el estado de excepción sirve para garantizar la reproducción del capital en momentos en los que la población protesta y se acelera a oponerse frontalmente a los designios del capital trasnacional y nacional.


Es cierto que con Obrador no se inició la “guerra contra el narcotráfico”; pero la forma de afrontar la violencia en el país generada por la militarización dista mucho de ser una alternativa, en la práctica sigue siendo el ejército quien conforma mayoritariamente la Guardia Nacional. Aunado a ello, la respuesta sigue siendo la misma: combatir militarmente a los “enemigos” del Estado y devolverle a éste el monopolio de la violencia. Lo preocupante es que esa estrategia no puede funcionar porque se pretende mediante las armas acabar con un problema social de desigualdad económica y de clase. Por otra parte, los “enemigos” del Estado pueden ser cualquier persona que cuestione al Estado y sus instituciones, sino miremos la cantidad de asesinatos a periodistas y luchadores sociales.


La democracia burguesa, a más de dos siglos de la Revolución Francesa, ha demostrado que en ningún lugar ha funcionado ni funciona. Democracia es… el gobierno de las élites, sean éstas empresariales, políticas o intelectuales, sobre la mayoría de la población. La democracia burguesa es un ejercicio de simulación en el cual las mayorías participan mediante el voto para validar un proyecto político. La dictadura del siglo XXI se llama democracia.


No obstante, los oprimidos han sido históricamente los que llevaron a la caída a montones de regímenes políticos y élites, los oprimidos estaban dispuestos a defender con las armas el voto en 1988, o los que se movilizaron en 2006 contra el fraude electoral.


Lo mejor que le pudo pasar al sistema político mexicano es que ganara Andrés Manuel López Obrador (AMLO), porque no representó una ruptura con el neoliberalismo y ha podido paliar durante algún tiempo la profunda crisis tanto económica, como política y social que hoy se vive en el país, aunque sea con retórica. Ahí podemos insertar dos mitos, el primero tiene que ver con el “termino del neoliberalismo”, que fue anunciado por Obrador en varias ocasiones, como si una política económica se transformara con enunciarla. El segundo mito es el de la “la transición democrática”, como lo fue el del año 2000, como lo ha sido el de Chile después de la dictadura o el del Estado español posterior a la muerte de Franco: una simulación en las formas de gobernar con los mismos funcionarios accionando la maquinaria del Estado.

La autoproclamada Cuarta Transformación no representa en la realidad una alternativa al régimen político, ni siquiera una transformación moderada. Más allá de la retórica propia de cualquier gobierno, lo que es evidente es que este gobierno ha hecho muchas concesiones a los empresarios y esa “mafia del poder” a la que tanto criticó. El programa de “Jóvenes construyendo el futuro” es una concesión a las empresas y en los jóvenes encarna una explotación desmesurada llegando hasta las 8 o 10 horas por día. La suspensión del financiamiento a estancias infantiles y otros programas sociales bajo el argumento de la “austeridad republicana” y “el combate a la corrupción”. Pero por otra parte, el actual gobierno canceló el Nuevo Aeropuerto de Texcoco, reconociendo así una demanda histórica del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra.


Por último, cuando los revolucionarios franceses decapitaron al rey Luis XVI en 1793 pensaban que la monarquía no volvería a reponerse de tan duro golpe. Años más tarde, supieron que la guillotina no garantizó la destrucción completa de la monarquía. De la misma forma, incluso aunque AMLO y MORENA gobiernan, las élites mexicanas, el PRI y el PAN no dejarán de existir y amenazarán a cada instante con volver al poder. Le llaman democracia y no lo es, y no lo será, hasta que los oprimidos participen activamente en la construcción de otra sociedad.


[1] León Trotsky, Historia de la Revolución Rusa, V. 1, trad. Andreu Nin, México, Juan Pablos Editor, 1972, pp. 13-19.