Editorial: AMLO y el Muro


Por la histórica relación de dependencia semicolonial para con Estados Unidos, la soberanía mexicana siempre ha sido parcial y condicionada. A su vez, el desarrollo económico del vecino del norte no puede explicarse sin el provecho económico que saca de esa relación de subordinación de nuestro país, es decir, por el empleo de la mano de obra barata mexicana o el fácil acceso a nuestros recursos naturales, pero también por el uso de rutas comerciales y puertos secundarios -como el histórico (desde tiempos de Juárez) proyecto de un nuevo canal comercial interoceánico en el Istmo de Tehuantepec- y, por supuesto, por el despojo de parte del territorio mexicano en lo que son hoy los estados sureños de Estados Unidos.


Con el neoliberalismo y, en especial, con su medida insignia, el TLCAN (negociado tanto por el gobierno de Peña Nieto como por el equipo de transición de AMLO, hoy ya ratificado), la sangría de recursos de todo tipo desde México a la Unión americana adquirió nuevas dimensiones.


En particular, este acuerdo convirtió a México en uno de los principales exportadores de la más importante mercancía para el sistema capitalista: la fuerza de trabajo. Millones de mexicanas y mexicanos han tenido que migrar por ser desposeídas violentamente o por la mera compulsión económica, arriesgado la vida en el desierto, toreando a la migra y enfrentando los modernos campos de concentración del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas estadounidense (ICE por sus siglas en inglés).


Es bien sabido que el actual ocupante de la Casa Blanca, Donald Trump, ascendió al gobierno sobre la base de estimular las más reaccionarias pasiones xenófobas y antiinmigrantes de la población de uno de los países más multiétnicos del mundo y, a la vez, más racistas y segregacionistas desde su fundación. Bajo la amenaza de “cerrar la frontera” chantajeó al gobierno mexicano obligándolo a ser, en los hechos, la policía migrante de la política fronteriza estadounidense en el sur, cuando la migración centroamericana empezó a realizar su éxodo de manera organizada y pública, mediante las Caravanas Migrantes, distinto de momentos anteriores en que la porosa frontera sur era cruzada en labor hormiga por decenas de miles cotidianamente.


Así como con México, las hermanas poblaciones de Centroamérica han enfrentado una violencia permanente y la precarización extrema de sus condiciones de vida, producto de décadas de políticas neoliberales así como de las más agresivas y criminales políticas de contrainsurgencia. Todo se extrema en Honduras con el golpe de Estado de 2009 al presidente Zelaya, cuya represión obliga a muchos hondureños a salir huyendo de sus lugares de origen o quedarse a esperar cualquier cosa menos una vida medianamente digna y en paz.


En este contexto, el nuevo gobierno de AMLO ha reprobado en su política migratoria y ha continuado su subordinación al gobierno de Estados Unidos.


A la vez ansioso por dar señales de “gobernabilidad seria” al capital internacional, como por consolidar un escenario político en que la presidencia siga siendo el centro gravitatorio de la política mexicana y posicionarse ante el chantaje del presidente Trump, AMLO ha utilizado desde el año pasado, cuando la primera caravana migrante se asomó en el Suchiate, a las y los trabajadores migrantes centroamericanos como moneda de cambio. Pese a su discurso de respeto a los migrantes, su gobierno ha militarizado (más) la zona fronteriza y la flamante Guardia Nacional tuvo en junio de 2019 su “brillante” estreno público en la represión en ambas fronteras, negando el derecho humano a la migración, al asilo y a libre tránsito.


Lo anterior desmiente su discurso y profundiza la labor histórica del Estado mexicano como contención migratoria para los Estados Unidos. Como lo mencionó Carlos Fazio en junio de 2019: “el acuerdo migratorio del 7 de junio contiene acciones que México ya había aceptado previamente, resulta evidente que el gobierno mexicano expandió y aceleró su ejecución con un despliegue de personal y equipo sin precedentes en la zona sur del país” (Carlos Fazio. Trump, AMLO y la doctrina Monroe 2.0: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=257817).


Por décadas, las mismas aberrantes escenas de represión, tortura y maltrato implementadas por los servicios de migración estadounidenses contra las y los mexicanos ahora se han venido realizando el Instituto Nacional de Migración (INM) y las fuerzas federales, estatales y municipales en el territorio mexicano contra las migraciones centroamericanas, haitianas, africanas, asiáticas en su peregrinar hacia los Estados Unidos.


Quizá hay en el contexto actual solo dos cambios a destacar: por un lado, la repentina atención mediática a un fenómeno que ocurría permanentemente, ante el cual la prensa y los principales actores políticos sencillamente miraban hacia otro lado. Y, por otro lado, la surrealista e hipócrita acción espejo tanto de sectores medios y acomodados del país, como incluso sectores populares del sur, repitiendo los mismos argumentos xenófobos y racistas con que las hordas trumpianas atacan a nuestras familias migrantes del norte.


En contraste, existe también, desde hace décadas, distintos esfuerzos de solidaridad internacionalista, desde abajo, que han siempre tendido una mano solidaria a nuestros y nuestras hermanas explotadas y oprimidas en tránsito: desde las honrosamente famosas patronas, las redes de colectivos y organizaciones que levantan refugios, comedores, brindan apoyo legal, e incluso organizaciones sindicales, como el SME, que abren las puertas de sus recintos sindicales para recibir a las caravanas. El contraste es claro entre gobiernos cómplices que tienen como política levantar y cuidar Muros, y las y los explotados que siempre hemos levantado puentes.


No cabe espacio para dudas: la solidaridad proletaria, de género, étnica e internacionalista es una necesidad de primer orden para poder construir alternativas a la izquierda del actual gobierno que, a la vez combatan la cultura reaccionaria entre propios sectores populares, al tiempo que se exija no sólo que el gobierno encabezado por AMLO pare su política de policía migrante estadounidense y desmilitarice la frontera sino que, a su vez, se detengan las otras vías de consolidación del Muro al Sur de Trump: el tren maya y el corredor transístmico.


La solidaridad con las y los trabajadores migrantes debe levantarse, así, incondicional, abierta y franca. La peor de las mezquindades políticas sería el uso de la cuestión migratoria, como lo han hecho Trump, AMLO y la derecha mexicana, como medio para saldar agendas políticas privadas e intrigas palaciegas.


¡Ningún ser humano es ilegal! ¡Por una alternativa socialista, feminista y sin fronteras!


* Editorial del número # 2 de Bandera Socialista. Febrero 2020

Partido Revolucionario de los Trabajadores
Sección mexicana de la IV Internacional