Partido Revolucionario de los Trabajadores
Sección mexicana de la IV Internacional

La lucha de las mujeres en defensa de la tierra




Alejandra Covarrubias


Hablar del derecho a la tierra es hablar también del respeto a la naturaleza. Esto es algo que las mujeres de los pueblos originarios y las que habitan las áreas rurales saben bien y están dispuestas a defender de todas las formas posibles.

Los gobiernos, en alianza con las enormes empresas, avanzan a pasos agigantados destruyendo las selvas, bosques, ríos y en general todos los territorios naturales que quedan sin industrializar. El argumento del progreso, de aumentar los empleos y de mejorar la economía son la bandera con la que logran convencer a algunas personas sobre la necesidad de continuar estos proyectos, pero el deterioro en el planeta es ya notable, con el cambio climático y todas sus consecuencias que se viven día a día en todos los rincones del planeta.


En América Latina, los gobiernos y empresas han establecido como principal fuente económica el extractivismo: la extracción, explotación y comercialización de los recursos naturales para obtener grandes cantidades de materia prima. El mejor ejemplo son las mineras que se han establecido en varios puntos del territorio latinoamericano y que acaban con las zonas donde se asientan. Estos mismos gobiernos han promovido la sobreexplotación de los lugares considerados turísticos, además de invadir otros sitios naturales protegidos para explotarlos introduciendo y usando como argumento el ecoturismo, que se ha puesto de moda en todo el mundo y se centra principalmente en los países de América Latina, donde cabe resaltar que menos de 40 personas acumulan la misma cantidad de riqueza que poseen los 300 millones de personas más pobres de toda la región, juntas.


Ante toda esta destrucción, son las mujeres rurales y las de los pueblos originarios quienes encaran a los destructores para defender sus territorios como si de sus propios cuerpos se tratase; y es que aunque el derecho a la tierra no es considerado un derecho humano fundamental, el derecho a la vida sí lo es, y para ellas la defensa de su tierra equivale a la defensa de su vida; dejando en claro que la tierra no es mercancía, y que sus territorios no se venden.

En vista de esta invasión y saqueo, las mujeres defienden sus territorios con lo único que tienen: su propio cuerpo. Mundialmente, quienes lideran la lucha por el acceso y la defensa de la tierra y el territorio son mujeres, y en su mayoría mujeres del ámbito rural y de los pueblos originarios, que sufren la discriminación y el empobrecimiento más fuerte que ningún otro sujeto social; de hecho, estas mujeres no son propietarias directamente de estos territorios, sino que los poseen sus esposos, padres, hermanos y demás familiares, y las pocas que tienen territorios propios, son en su mayoría heredados o controlados por otras personas. Ellas ni siquiera son consultadas cuando se impulsan proyectos extractivistas que contaminan y alteran irremediablemente sus hogares, pero éste envenenamiento de la tierra y el agua, de la mano con la pobreza con la que los pueblos originarios y habitantes de zonas rurales han sido cercados, llevan a las mujeres y sus familias al desplazamiento, enfrentándolas a un nuevo problema: la migración y la negativa a su derecho de libre tránsito por parte de los gobiernos de Latinoamérica para impedirles acceder a Norteamérica principalmente.


Una buena parte de la fuerza de las mujeres para luchar por los territorios radica en la manera en que ellas enfrentan la pobreza. Los hombres han sido históricamente quienes ceden entregando la tierra al gobierno y a las empresas a cambio de empleos efímeros, mal pagados, de alto riesgo y una promesa de fortalecimiento del área rural, que termina por precarizarlos más y por erosionar sus tierras debido al uso de agroquímicos, semillas modificadas genéticamente y la práctica de monocultivos. Las mujeres rurales y originarias son en su mayoría (casi 70% al 2018) mujeres que permanecen en casa reproduciendo la vida: producen y preparan alimentos, cuidan y nutren los cultivos, a los animales y a sus hijos; se encargan de la administración del hogar, resuelven toda clase de problemas, educan, acompañan, limpian.


El ritmo de vida y las condiciones, dan a estas mujeres el espacio para generar una conciencia especial sobre la naturaleza, la tierra y los territorios, concibiendo sus cuerpos como su territorio, como territorios en disputa. Las mujeres de los pueblos originarios y de las zonas rurales sufren mayor discriminación y violencia que los hombres de sus comunidades y que el resto de las mujeres, lo cual, tomando en cuenta la concepción anterior, violenta también su derecho al territorio.


La desigualdad económica está estrechamente ligada con la posesión de la tierra, y con el uso que se le da a ésta. Para las mujeres de pueblos originarios y de comunidades rurales, el derecho a la tierra se gesta desde una concepción comunitaria, colectiva. La tierra es para ellas un bien superior al que puedan ofrecerles los empleos en mineras, agroindustrias, o el dinero que puedan ofrecerles para desplazarlas. Tomar estas ofertas es un acto individualista, y fragmenta el bien colectivo. Bien colectivo que para ser defendido necesita de la organización de las mujeres y la lucha constante desde todas las trincheras: manifestaciones, huelgas, tomas de territorio, e incluso el trabajo de cuidado que hacen muchas mujeres a las movilizaciones cocinando, manteniendo el espacio común y el territorio mientras los demás se movilizan, reproduciendo y criando, informando, organizando desde casa o desde donde pueden.


Gracias a estas formas de lucha es que las mujeres van tomando experiencia para organizarse, y forman redes de apoyo entre individuas, organizaciones e incluso entre territorios; buscan hacer visible su lucha y que se adhieran otras mujeres. Ejemplo de ello son Berta Cáceres en Honduras, Lucía Ruíz en Argentina, la Plataforma Feminista por la Tierra, la Red de Mujeres Rurales Centroamericanas, la Plataforma Agraria y la Campaña en defensa de la madre tierra en Honduras, las mujeres Zapatistas, entre otras. Las mujeres en esta redes y organizaciones comparten saberes y resistencias, y se vuelven más fuertes trabajando unidas.


En este 2020, la lucha en defensa de la tierra es de las mujeres trabajadoras, pues todas las mujeres somos trabajadoras.