Partido Revolucionario de los Trabajadores
Sección mexicana de la IV Internacional

La clase trabajadora y el nuevo momento político del país

May 2, 2019

 

 

Es indudable que hay en curso un cambio de momento, e incluso de régimen político en el país. No así, necesariamente en cuanto a políticas económicas sustantivas. Sin embargo, en la recomposición política se han abierto esperanzadores espacios de recuperación de poder de movilización y lucha de los sectores laborales más precarizados y subordinados a los caprichos del “mercado internacional”. Y es que el florecimiento de las huelgas en las maquiladoras de Matamoros no sólo ha puesto en la agenda política nacional las necesidades de la tantas veces declarada extinta clase trabajadora. Sino que, además “la clase” al articularse en huelga en torno a sí misma confirma, no sólo que la clase trabajadora, error común en las izquierdas socialistas “está ahí afuera”, sino que se constituye y consolida en tanto lucha. La clase trabajadora, nos enseñan las y los dignos huelguistas de Matamoros, existe porque lucha.

 

Al mismo tiempo, el ejemplo maquilador ha expuesto las casi surrealistas contradicciones del potencial nuevo régimen en consolidación: al tiempo que el movimiento 20/32 estalla producto del ajuste al Salario Mínimo en la frontera, más producto de las negociaciones trilaterales del Tratado de libre comercio México-Estados Unidos-Canadá (TMEC), y proyectada desde el propio gobierno de Peña Nieto, que por un interés genuino del nuevo gobierno por iniciar un camino de recuperación salarial luego de décadas de topes y estancamiento; la nueva administración ante la ola de huelgas actuó en lo inmediato, tratando de apagar el incendio, llamando a la “calma y conciliación”, lo que, en los hechos, los ha puesto del lado de los empresarios maquiladores. Es innegable que la esperanza popular depositada en el nuevo gobierno es mucha, pero al aterrizar, dichas esperanzas chocan con el pragmatismo oficial. Las respuestas ante estos golpes de realidad pueden encausarse sobre dos grandes caminos, no necesariamente contradictorios: o bien se apunta, como en el periodo político previo, contra la nueva administración lo que, dada la ausencia aún de expresiones políticas propias de la clase trabajadora y los movimientos sociales, corre el riesgo de relativa funcionalidad a una derecha opositora en crisis; o bien, como lo ha manifestado la Nueva Central de Trabajadores, se hace conciencia que la democratización sindical y mejoras en las condiciones de empleo, sólo puede ser obra de las y los trabajadores mismos, y no de ningún gobierno, independientemente del signo y banderas que diga enarbolar. En este camino, que militantes del movimiento 20/32 de la maquila en Matamoros estén experimentando el lanzamiento de candidaturas obreras independientes marcan no sólo la necesidad sino la viabilidad de la búsqueda de expresiones políticas propias.

 

El momento en que las organizaciones sindicales se congregan, como cada año, en las manifestaciones del 1º de mayo está también marcado por la aprobación en el Congreso de la nueva Reforma Laboral. Dicha reforma es otra muestra de los claroscuros de la nueva administración, pues, si bien contiene importantes avances que, de implementarse en la práctica, podrían significar en algunos casos, el establecimiento de un marco para las relaciones y articulaciones laborales de mínimas garantías lo que, en el momento actual de simulación del derecho laboral, puede considerarse un paso adelante.

 

Lo paradójico de la reforma, se encuentra más bien en que el motor de su expedito “debate” y aprobación (casi unánime, con el aval del PRI, PAN, PRD), además de simular escuchar a las organizaciones sindicales independientes, está motivada en primera instancia por la urgencia de ratificación del TMEC, la nueva versión del TLCAN, principal vehículo del neoliberalismo en el país. Es decir, el gobierno que declaró muerto el neoliberalismo, modifica el marco legal laboral del país para poder refundar a las principales herramientas neoliberales y cuya negociación, en su mayoría, fue llevada a cargo del anterior gobierno. Paternalistamente, el nuevo gobierno busca “conciliar” y administrar el malestar laboral acumulado en el país; mientras que hace oídos sordos a otros procesos huelguísticos, incluso inspirados relativamente en sus promesas, como en el caso de la UAM; o mantiene al margen de los cambios jurídicos en curso a grupos de trabajadores, destacadamente el magisterio que, en continuidad con la política peñanietista, mantiene a las y los maestros del país, en un régimen laboral de excepción.

 

El espíritu de lucha que se difumina entre las y los trabajadores del país, no puede ser sino una tendencia positiva y motivo de alegría para las izquierdas anticapitalistas y socialistas. El escritor uruguayo Eduardo Galeano consideraba al 1º de mayo como la única fiesta realmente universal, donde en la diversidad, culturas, religiones, lenguas, tradiciones, se articulan en un elemento común: el vivir del producto del trabajo propio, a la vez dignificador y enajenante, la clase trabajadora, en su diversidad multicolor, lejos de la imagen estalinista masculina, blanca e “industrial”; es la depositaria de las esperanzas para lograr, por medio de la lucha, la conciencia, la construcción de nuevas culturas proletarias y populares, el camino no sólo para ganar demandas particulares en centros de trabajo, sino para, como diría Marx, tomar el cielo por asalto y, por qué no, traerlo a la tierra.

 

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