Partido Revolucionario de los Trabajadores
Sección mexicana de la IV Internacional

Sobre la militancia

June 25, 2019

 

Valerio Arcary[1]

 

 

Conócete a ti mismo.

Inscripción en la entrada del Templo de Apolo en Delfos/Grecia.

 

I.

 

Una de las preguntas más difíciles que me hacen es como sustentar una militancia constante después de tantos años. El “conócete a ti mismo” es un aforismo de origen griego que nos invita a descubrir nuestras potencialidades y nuestros límites. Es un proverbio atribuido a diferentes filósofos –Tales de Mileto, Platón, Sócrates, Aristófanes- más, probablemente, tiene un origen más antiguo. La gran sabiduría tiene raíces remotas. El autoconocimiento es una de las premisas en la vida adulta. Por tanto, responsable.

 

Después de una gran derrota es razonable que los militantes de causa socialista se pregunten sobre el sentido del servicio, de compromiso de apuesta. La militancia exige en primer lugar honestidad con los otros y consigo mismo. Una militancia seria pide de nosotros constancia, perseverancia y abnegación. Más no pocas veces nos sentimos desilusionados, frustrados y cansados. La transformación de la sociedad es un proceso difícil. Y nadie es de hierro. Nadie. En esos momentos es necesario reflexionar sobre si mismo. Porque hay una visión subjetiva en la militancia.

 

Cuando yo estaba en la adolescencia fui a jugar Basquetbol en un Club de Lisboa. Creo que  tenía catorce o quince años. Las obligaciones con el equipo eran entrenamiento y un juego por semana. Soy razonablemente disciplinado desde joven. No faltaba. La selección para participar en el equipo no era muy rigurosa. Yo era más alto quela mayoría, pero no tenía un talento en especial. Sólo me esforzaba. En los días de juego entraba en algunos momentos.

 

Después de algunos meses el entrenador un gigante simpático que había sido jugador profesional cuando era joven, me llamó para conversar al final del entrenamiento. Fue directo al punto: “Valerio eres dedicado, pero no puedo ascenderte en los juegos, eres estrábico, eres muy lento para ver donde va la pelota, la fuerza, la dirección.  En cuanto ésta viene de la izquierda pierde siempre se pierde el tiempo. Tarda algunos segundos. ¿Cuánto de graduación tienes del ojo izquierdo? Tenía menos de 15%. Así acabó mi experiencia de jugador en el Básquetbol.

 

Pasaron uno o dos años y encontré casualmente al entrenador en la calle. En Lisboa encuentros casuales de ese tipo no so son comunes. Conversamos un poco. Al final me preguntó distraídamente si había elegido practicar otro deporte. Respondí que si: ping – pong. Y soltó una carcajada alegre, como que dices: ¡No! Ping – pong, ¿en serio?

 

Él tenía razón. Nunca sobresalí en el tenis de mesa. La velocidad de la bolita es muy grande y además es chiquita. Aprendí así dos lecciones que parecen simples, aunque no lo sean. Dos lecciones muy importantes. En la vida podemos hacer muchas cosas. Pero nadie de nosotros puede hacerlo todo. Y nadie se transforma solo. Necesitamos que nos digan cuando estamos equivocados. O sea, necesitamos aceptar que no está mal estar equivocado. A nadie le gusta ser criticado y no siempre las críticas son justas. Sin embargo debemos procurar construir equipos de militantes donde haya diversidad de ideas, personalidades o sea diferencias: heterogeneidades. E Inscribir como regla la tolerancia y el respeto.

 

Cada uno de nosotros se debe colocar, constantemente una pregunta que no tiene escapatoria. No es fácil. ¿Qué es lo que queremos? Y por qué queremos lo que queremos. Eso nos lleva a descubrir los sentimientos que nos mueven, nos movilizan, que nos impulsan. Saber lo que queremos es una forma de evitar el autoengaño. Y solamente cada uno de nosotros puede responder esta pregunta sobre nosotros mismos.

 

¿Por qué militamos? ¿Por qué dedicamos nuestro escaso tiempo a ser activistas? ¿Por qué debatimos programas y tácticas, discutimos con los que se nos acercan, vamos a reuniones, distribuimos panfletos, participamos en asambleas, comparecemos en actos, convocamos a huelgas, cotizamos nuestro poco dinero? ¿Por qué hacemos esta elección?

 

Existen buenas y diferentes razones para estar enganchado en la militancia. Y hay muchas otras que pueden llevar a un militante a desistir. Es inescapable que tarde o temprano tengamos que confrontarnos a nosotros mismos. Y no hay transformación sin dolor. No hay cambio sin crisis. Y no hay porque no tener miedo a la crisis. Ya quedó escrito: lo que la vida pide de nosotros es coraje.

 

En los últimos cuarenta años mi deporte ha sido correr.

 

II.

 

Además de las luchas frontales contra los enemigos de clase, surgen las luchas en la retaguardia dentro de nuestras filas, entre compañeros. En esos momentos necesitamos aprender a cuidarnos unos a otros.

 

La cuestión clave es no perder el respeto, cuando alguien no está de acuerdo con nuestras ideas. Vivimos cercados por la presión social de la ideología que defiende el orden. Esa ideología valoriza la competencia. Los riesgos que asumimos en la militancia son grandes. Resistir a esas presiones con firmeza y a los “principios” de una educación socialista. Rivalidades personales entre militantes socialistas son cosas infantiles. Podemos ser mejores que eso. Hay lugares para todos en la lucha anticapitalista.

 

Donde no hay respeto no puede haber confianza. Sin confianza no es posible la lucha conjunta. Es necesario que no seamos ingenuos. Existen evidentemente grados variados de confianza en las relaciones entre las personas, lo mismo entre militantes. Sin embargo, hay mucha diferencia entre un ambiente saludable y un ambiente enfermizo. Una militancia adulta sólo es posible si nos protegemos colectivamente unos a otros.

 

Todos los militantes son más complejos que las ideas que eventualmente defienden. Son más complejos porque las personas son mayores que una u otra idea que abrazan. Las discusiones políticas pueden ser apasionadas, vigorosas, hasta ásperas. Pero no podemos perder el aprecio por los otros. No es aceptable ofender a nadie. Es fácil lastimar a otros. Contrariar no necesita ser pesado, hostilizar, atormentar.

 

Nuestras subjetividades son frágiles y sensibles. No es razonable el envenenamiento de un colectivo porque hay diferencias de opinión. Necesitamos aprender a aceptar nuestros límites personales para poder valorizar aquellos que piensan distinto a nosotros. No demeritar a nadie, reconocer los errores. No disminuir a nadie pedir disculpas. Al contrario, más que nunca necesitamos de paciencia, porque sin audacia no venceremos. Y la audacia sin paciencia es solamente coraje sin reflexión. Y el coraje sin reflexión es infantilismo. Es necesario mantener el sentido de la perspectiva, por tanto, del tiempo.

 

La cuestión del tiempo es central para una militancia seria. Ser serio es ser responsable. Vivimos tiempos sombríos en perspectiva histórica. No es eso bastante, el tiempo en la dimensión de nuestros destinos personales es siempre escaso. No tenemos tiempo para nosotros mismos. El tiempo necesario para nuestra plena humanidad. Necesitamos de tiempo a parte del trabajo. Tiempo en términos de salud física y psíquica. Tiempo para alimentarnos en paz, para descansar, para divertirnos, para la alegría. Y la militancia es una actitud. Es una donación de este tiempo que es raro es precioso. Una donación es una entrega, una oferta, más no necesita ser un sacrificio. Debe ser un compromiso.

 

Pero no es indoloro. Porque siendo una decisión para compartir un esfuerzo común en una organización colectiva, estamos siempre delante de los riegos sin certeza del destino de las luchas en que nos enganchamos. Y nos decepcionamos. Nos frustramos cuando vienen las derrotas. Y nos entristecemos cuando nos sentimos desilusionados con aquellos que estaban de nuestro lado. Decepción, frustración y desilusión son inevitables. Las personas son complicadas. Somos imperfectos. Que es una forma elegante de decir que tenemos defectos. Muchos tenemos defectos graves. Nuestras organizaciones son también imperfectas e inmaduras.

 

Por eso es tan frecuente que tengamos momentos en que sucumbimos con pena de nosotros mismos. Tener un poquito de dolor de sí mismo no demerita a nadie. Esas crisis de autocompasión o auto-piedad, desde que transitorias son normales. Desde que nos percatamos el sentido de las proporciones. Desde que mantenemos el equilibrio. Preservar el equilibrio para un militante sólo es posible con la comprensión del programa.

 

Transformar el mundo es difícil porque aquellos que son realmente muy ricos muy influyentes son una ínfima minoría, casi invisibles en comparación con las amplias masas. Son muy poderosos.

 

Sólo en oportunidades raras cuando se abren situaciones revolucionarias como ahora en Argelia la sociedad tiene la disposición de subvertir las relaciones existentes. Las luchas sociales se desenvuelven lentamente durante décadas, pausadamente por el interior de las relaciones de clases existentes. Por el interior de las relaciones de clases existentes significa que aquellos que luchan no creen en verdad, ni imaginan que la sociedad podría estar organizada de otra forma. De una forma completamente distinta. Las relaciones institucionales son la expresión de una relación de fuerza estable, establecida en el pasado. Las instituciones, el calendario electoral, el parlamento, la policía, las fuerzas armadas, los medios de comunicación establecen un encuadramiento que parece durable, invariable, no puede ser abalado.

 

Lo que transforma la historia es la acción de la humanidad. Y la acción de la humanidad es provocada por la crisis social. Fue siempre conflicto de intereses que incendió la necesidad de transformaciones. Los intereses se traducen en ideas. Las ideas alimentan proyectos. Más la sociedad teme al conflicto, tiene miedo de la lucha franca abierta, porque hay riesgos a la hora de los cambios. Hay peligros. Hay lo que se puede perder. Mismo entre los explotados y oprimidos, algunos tienen la percepción, verdadera o imaginaria, de que tienen más que perder que otros. Esas diferentes percepciones son manipuladas para dividir las fuerzas populares. Hay sectores más activos y otros menos activos hay vanguardia y hay retaguardia.

 

Son los intereses de clase que deciden el sentido de los conflictos en la sociedad en que vivimos. Esa mentalidad conservadora sólo se transforma muy lentamente. Hasta que todo se precipita es lo que parecía imposible surge como inevitable. La inercia provocada por la inmovilidad política sobre la cabeza de las personas esa terrible lentitud del psiquismo humano hipnotiza la imaginación de tal forma que las masas no ven la posibilidad alguna de transformación de la sociedad tal como está. Es una ilusión que es producida por la tendencia de la mente humana a quedar prisionera de rutinas previsibles, por tanto, mismo cuando son males consolables.

 

Así como nosotros tenemos neurosis individuales que nos aprisionan, existen neurosis colectivas que corresponden al espíritu de una época, al período histórico. Cuidémonos unos a otros en tanto luchemos para cambiar al mundo.

 

III.

 

Es cruel tener que aprender de las derrotas. La verdad es que cuando pensamos en escala del complicado proceso de formación de consciencia de clase de las amplias masas con sus oscilaciones, avances y recursos, nada substituye a la experiencia.

 

Más cuando pensamos en la escala de los sectores de vanguardia que buscan una organización más perenne para luchar, sea estudiantil o sindical, popular o campesina, negra o indígena, feminista o LGBT, movimiento o partido, podemos aprender con el tesoro de enseñanzas heredadas por los que estuvieron antes de nosotros. No necesitamos “inventar la rueda” de treinta en treinta años. Debemos aprender con la experiencia de los otros.

Una lección importante es que debemos seguir ideas, no solamente a los líderes. Este criterio vale para cualquier organización sea moderada o radical. Una militancia de izquierda debe ser una acción lo más consciente posible, por tanto, lo más madura posible. Las lealtades de las ideas que se expresan en un programa deben ser superior a la lealtad de las personas.

 

Las ideas por sí solas no transforman al mundo. Más si la excesiva crueldad es peligrosa en el terreno de nuestras relaciones personales, la ingenuidad política en exceso es fatal. Esto no significa que no sea necesario construir liderazgos. Éstos son instrumentos colectivos de lucha tienden a tener direcciones colectivas. Las direcciones colectivas se equivocan menos que las personales, porque la pluralidad impone frenos y contrapesos. Las organizaciones colectivas son más lentas, sin embargo, son más eficientes. Son sobre todo más controlables. Siendo más participativas son tendencialmente más saludables.

 

No son las cualidades excepcionales de los líderes que explican esencialmente el pequeño o grande caudillismo. Y sobre todo la fragilidad político – programática de las organizaciones colectivas. Hay una dialéctica peligrosa en este fenómeno. Las organizaciones colectivas son frágiles cuando lo que las sustenta noes la fuerza de las ideas del proyecto estratégico. La potencia de la gran personalidad substituye el protagonismo de la militancia colectiva. El caudillismo refleja siempre una inmadurez subjetiva grande.

 

La lealtad a las ideas no es doctrinar, sino la adhesión a principios. La lealtad incondicional de las personas es formación de camarillas. Una camarilla es un grupo de personas que se defienden que se defienden unas de otras no importa lo que hagan. Podemos ser mejores que eso. Las personas aún cuando tengan cualidades excepcionales son más limitadas e imperfectas que las organizaciones colectivas.

 

En la situación en que vivimos las ideas enflaquecen su peso y el peso de los líderes se agigantó porque la centralidad de la imaginación estratégica se perdió. La confianza en la fuerza de las ideas disminuyó. Eso transcurrió en la crisis del socialismo, como proyecto, después de la restauración capitalista. Lo que quedó en su lugar fue la improvisación táctica. Debatimos furiosamente del que hacer de mañana, sin discutir para donde vamos. Improvisación táctica en la lucha por reformas del capitalismo que no este anclada en la imaginación estratégica de la lucha por el socialismo en la época en que vivimos es la antesala del desastre.

 

Una de las más importantes lecciones de la experiencia histórica acumulada por la izquierda desde 1978/79 es que no hay dirigentes infalibles por más capaces que sean. Las ideas deberían ser un marco de comprensión común de la realidad es un punto de apoyo del qué hacer para transformarla. Acontece que las ideas sólo adquieren fuerza política cuando hay personas dispuestas a luchar por ellas. No hay forma de luchar por un programa que no sea construir una organización para defenderlo. Nada sustituye la construcción de instrumentos colectivos.

 

Tal vez una de las regresiones más impresionantes de los últimos veinticinco años es que los mandatos de diputados de izquierda pasaron a intervenir como si fuesen organizaciones colectivas. No lo son. La participación de los activistas en los mandatos puede ser mayor o menor es verdad. Más o menos democrática. Más la fuerza de los mandatos de izquierda en Brasil transcurrieron en primer lugar de su capacidad operacional no de un programa. La inmensa mayoría de los elegidos y representantes de un sector en la intersección entre los explotados y los oprimidos y responde a los intereses más inmediatos de base social que los eligió. No hay una inmensa mayoría salvo honrosas excepciones, ni tiempo, ni espacio, ni disposición para pensar más allá de renovación de los mandatos.

 

Los fondos parlamentarios son altos. Y la capacidad de los colectivos para autofinanciarse con cotizaciones voluntarias limitadas. Esa disparidad material crea una distorsión. Los profesionales políticos tienen mucho tiempo. Los militantes poquísimo. Los instrumentos colectivos son pobres, los mandatos son prósperos. Esa dinámica favorece el carrerismo. El carrerismo es una enfermedad política incurable. Otras son curables. El carreirismo no. Porque el carreirismo tiene e impone una lógica irrefrenable: la manutención de los mandatos termina siendo la más importante que la defensa de la causa que justificó su existencia. Los medios se transforman en fines. Por eso son numerosos los diputados y senadores mutantes.

 

La frustración política de vanguardia activista con los partidos alcanzó un grado muy elevado. La desconfianza distancia mucho entre los mejores militantes de las organizaciones colectivas. La fiebre del independentismo contagió. La consecuencia fue la atomización. Los partidos y organizaciones se debilitaron. Los mandos pasaron en mayor o menor medida a ser quienes controlaron los partidos y no al contrario. Más siendo colectivas tienen más oportunidades de autocorregirse.

 

Claro que la necesidad de representación no disminuye. El resultado fue que ni en el mismo partido pasaron a convivir tantos “centros políticos” en cuanto a los mandatos parlamentarios. Las presiones parlamentarias, de un lado, el movimiento de otro, disminuirían el lugar de los partidos. El lugar del programa pasó a ser encarado como un tema reservado para especialistas, intelectuales.

 

Acontece que la experiencia histórica enseña que la teoría y la práctica son indivisibles. Elaborar un programa no es lo mismo que escribir una tesis de doctorado, no es un desafío literario. Los especialistas deben tener un lugar respetado en la izquierda y son muy valiosos, más para encontrar las buenas respuestas es necesario saber colocar las preguntas justas. Son los luchadores, los militantes, los activistas que acumulan experiencias en el terreno de la lucha de clases, que tienen las mejores condiciones para formularlas.

 

Más una inmensa parcela de activismo pasó a organizarse solamente en movimientos sociales fragmentados que se multiplicarán y pasarán a funcionar con la disciplina de partidos, más sin programa para la sociedad.

 

En comparación, durante los quince años que van de 1979 hasta 1994 prevalecía en la izquierda el criterio opuesto. Los centros políticos eran las corrientes y partidos. La militancia que surgió de las luchas sociales vivía un proceso de politización y madurez organizada en torno de los programas. Había variados programas y diferentes partidos, unos más moderados, otros revolucionarios, más la tendencia era centrípeta no centrífuga y está dinámica favorecía una reorganización de la izquierda en un nivel superior a aquella que existía antes de la derrota 1964/ 68.

 

Se abrió ahora con las derrotas acumuladas desde 2015/16 una nueva etapa de reorganización. Ésta hasta este año se desarrollo “en frio” en un marco defensivo al contrario de la situación abierta, en 1978/79, cuando el proceso fue “caliente”, cuando el ascenso de las luchas sociales en este final de la lucha contra la dictadura. Más todo puede cambiar.

 

IV.

 

Prevaleció en la izquierda del siglo XX una tradición bárbara de resolver las diferencias políticas con métodos monstruosos. Las mayores aberraciones fueron las agresiones que el estalinismo naturalizó. Más aquellos que fueron las mayores víctimas de esta violencia no permanecieron inmunes.

 

Los trotskistas valorizaron los debates teóricos. Aún usando solamente las ideas como armas, giramos especialistas en polémicas crueles hasta inhumanas. Puede haber habido tal vez corrientes tan devastadoras con las palabras en sus discusiones internas. Más los trotskistas elevaron el masoquismo político a otra escala. Una nueva forma de arte dramático, casi un nuevo género literario.

 

Creamos una reputación. Somos vistos como militantes abnegados pero arrogantes. Instruidos, pero sectarios. Esta fragilidad tiene historia. Quien lucha contra la corriente por mucho tiempo en condiciones de minoría, desenvuelve más o menos inevitablemente reflejos sectarios. Es una vieja broma troska admitir que, entre nosotros algunos son tan sectarios que nadie sabe que son los sectarios.

 

Ojalá una nueva generación sea capaz de superarnos. Un poco de pasión revolucionaria es bienvenida porque sostiene. El exceso de entusiasmo en un debate de ideas reposa casi siempre en abuso de exageración.

 

Hay polémicas con posiciones frontales, laterales y en retaguardia. Frontales son las discusiones con los enemigos de clase. Laterales son aquellas que hacemos en la izquierda entre las distintas corrientes y en la retaguardia son aquellas en el interior de cada colectivo. En general éstas son simultáneas. Las reglas son diferentes. Exceso de orgullo es infantil.

 

Toda polémica tiene su tiempo. Algunas se resuelven más rápidamente, otras exigen años y exigen paciencia. Depende mucho de la evolución de los acontecimientos. La realidad que nos acerca no siempre decanta en plazos cortos. Las hipótesis necesitan pasar las pruebas de los hechos. Más todo debe tener principio el medio y el fin.

 

Cada discusión tiene también su tono. El tono de un debate, más amigable y fraterno o más duro y áspero es comprensible dentro de ciertos límites. ¿Cuáles son los límites? El respeto. Somos en la izquierda brasileña, demasiado tolerantes con las “desproporciones”. El rigor es muy importante. El rigor no debe ser solemnidad. Debe ser exactitud, concesión, precisión. O sea, una buena medida de graduación, de calibrar. Somos una fraternidad de luchadores, no necesitamos de pompa. Pero equilibrio si.

 

La fuerza de un debate debe depender más de una magnitud de diferencias de lo que da la personalidad de sus militantes. No debemos dejar que un debate de ideas este emocionalmente contaminado. Debemos cultivar el autodominio, la autodisciplina, la autocontención. Diferencias de táctica y matices son rutinarias y exploratorias. Las diferencias de estrategia son intensas y programáticas. Más toda polémica seria exige respeto.

 

No hay elaboración colectiva sin lucha de clases. Toda discusión es una crítica y por una polémica. La libertad es siempre libertad de quien piensa diferente a nosotros. No debemos tener miedo de equivocarnos. Los errores tienen un precio alto. Si no hay democracia interna en una organización, no hay elaboración colectiva. Si la elaboración no es colectiva nos equivocaremos más. Es inexorable.

 

Y no vale la pena en un colectivo sin derecho real de participación en la elaboración colectiva. Una militancia así queda incompleta, amputada, mutilada. La militancia es una donación por entero. Pensamos y actuamos juntos. Si en alguna corriente sólo algunos ejercen los derechos democráticos de pensar y otros sólo tienen la obligación de actuar, algo está muy equivocado.

 

Todos deben tener el derecho de decir lo que quieren, Más tienen también el deber de escuchar lo que no quieren. Aprender a escuchar es un proceso. Es muy común que una idea sea presentada con claridad, con resultados todavía peores. Saber escuchar es atribuir el sentido a lo que fue dicho, es tan importante como saber hablar.

 

Claro que el derecho de participación no es sólo eso. Es mucho más porque es preciso regular el derecho a decidir. Quiénes son los que deciden y sobre lo que pueden decidir es muy importante también. Las reglas pueden variar. Sean las que sean, deben ser claras.

 

Más el derecho de participación no debe ser interpretado como deber de acuerdo. Nadie se debe sentir incomodo porque no está de acuerdo con alguien. No puede haber presión por la unanimidad. Si la cohesión de una organización reposa solamente en la autoridad de los líderes, eso es una gran debilidad. Puede parecer un castillo inquebrantable, más es un castillo de arena.

 

Claro que es necesaria una educación emocional para el debate. Para participar de una discusión es necesario madurar para no interpretar un desacuerdo con nuestras ideas como una ofensa personal. Esa actitud tranquila, adulta y equilibrada se aprende. Hay una dimensión subjetiva en nuestras relaciones políticas. Dimensión subjetiva significa el cuidado para que no nos lastimemos unos a otros.

 

Un colectivo socialista es una escuela de educación muy intensa. No nos formamos sólo como militantes. Nos construimos como personas más enteras, más responsables, más íntegras. La formación de liderazgos para las luchas populares es la corteza de una organización marxista seria.

 

Claro que hay un peligro a los militantes que se ofenden. Las polémicas son sólo destructivas cuando son ad hominem. Una lucha pasa a ser ad hominem cuando pretende disminuir, descalificar, desmoralizar a las personas que piensan diferente a nosotros. Camaradas maravillosos y de larga trayectoria que pasaron por muchas pruebas, pueden defender ideas equivocadas, absurdas, disparates y hasta aberraciones. Y personas de carácter confuso dudoso o dudan que puedan tener razón. La regla número uno en la lucha de las ideas es el respeto, por tanto, la honestidad intelectual. La disputa de las ideas debe ser solamente la esgrima de argumentos.

 

El síntoma más peligroso del sectarismo es el fraccionalismo. Fraccionalismo no es una formación de una tendencia. Una tendencia es una unión de militantes en torno de una plataforma sobre uno o más temas. O mismo de una fracción. Una fracción es un agrupamiento interno de militantes que quieren disputar la dirección y piden el derecho de la proporcionalidad en la representación. En un debate la autoorganización de aquellos que defienden las mismas ideas y el ejercicio de un derecho. Son legítimos y en gran medida inevitables. Fraccionalismo es la formación de una fracción de militantes por la confianza personal que los une a pesar de sus miembros tengan ideas diferentes. Por tanto, una camarilla. Lo peor del fraccionalismo es el fraccionalismo secreto.

 

Construir una teoría conspiratoria es también un recurso común del fraccionalismo de minoría. Hay dos tipos de fraccionalismo el de la mayoría y el de la minoría. El de la mayoría es mucho más grave. Fraccionalismo es una enfermedad política y su síntoma más común es la intolerancia con la pluralidad, o sea de las ideas de los otros.

Más eso es solamente un síntoma. El fraccionalismo es un comportamiento de camarilla.

 

La consecuencia inexorable es la fragmentación. Cuando la enfermedad del fraccionalismo se instala, la desconfianza, se instala la sospecha. ¿Cuáles son las intenciones ocultas de aquellos que no están de acuerdo conmigo? No es difícil elaborar una narrativa imaginaria a partir de algunos grados de verdad.

 

La honestidad y el respeto son indivisibles en este terreno, son indivisibles. La Honestidad es respetar a los otros y sus ideas, más también admitir sus errores cuando estos acontecen. La disposición de autocrítica es esencial. Quién nunca hace autocrítica no merece confianza. No demerita a nadie admitir que se equivocó. Militantes y organizaciones que no hacen balances críticos de sus ideas no tienen futuro.

 

Coherencia no es lo mismo que necedad. Coherencia es mantener la consistencia con la defensa de un programa. Coherencia no es no equivocarse, Coherencia es admitir la necesidad de corregirse. Sólo los obtusos no admiten errores, eso es rudimentario, tosco, primitivo.

 

Respetar las posiciones de los otros no es solamente buena educación y buen carácter. Es la humildad más elemental. Cada organización socialista, en función de la dispersión balcánica en que exploramos, es solamente un embrión entre otros. Toda la concepción autoproclamatoria de su pasado, por más importante o grandioso es substitucionista e incorregiblemente disgregadora.

 

El proceso de reorganización de la izquierda será amplio y lento. Tendremos muchas discusiones. Más en una buena discusión, no hay vencedores ni perdedores.

 

 

Traducción: Pedro Corona para Bandera Socialista

 

[1] Profesor titular de Instituto Federal de Sao Paulo IFSP. Doctor en Historia por la Universidad de Sao Paulo. Militante troskista desde la revolución de los Claveles. Autor de diversos libros entre ellos: el martillo de la historia. Actualmente milita en Resistencia, corriente del PSOL

 

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