Partido Revolucionario de los Trabajadores
Sección mexicana de la IV Internacional

Migrantes, aranceles y soberanía

June 29, 2019

 

Desde inicios de junio, parte importante de la agenda política mexicana ha estado acaparada por un nuevo episodio de chantaje imperialista hacia México, ahora bajo la tragicómica forma de las amenazas del gobierno Trump quien, como es sabido, inició este capítulo de desestabilización por la vía del Twitter, ante la cual la presidencia de López Obrador respondió con un comunicado[1] en que anunció el envío de emergencia de una delegación diplomática encabezada por Marcelo Ebrard para lograr un acuerdo antes de la fecha perentoria en que, según la amenaza de Trump, iniciaría la implementación de aranceles generales progresivos desde el 5% hasta el 25%. Como es sabido, se llegó a un acuerdo de último minuto, el viernes 7 de junio, celebrado como gran victoria en el significativo mitin de Tijuana el sábado 8[2].

 

El acuerdo “victorioso” para México en el que se conjuró, temporalmente, un cambio unilateral en las tarifas fronterizas fue también considerado como un acuerdo en el que “salimos con la dignidad intacta” (Marcelo Ebrard, dixit) por el nuevo gobierno. Y, sin embargo, en los hechos, el gobierno mexicano capituló ante la presión para ser parte activa y declarada de la política continental de seguridad y control migratorio de los Estados Unidos, ser cadenero de los flujos migratorios. Es importante resaltar que esto no significa ningún cambio en las políticas migratorias mexicanas que, desde hace décadas implementan prácticas tanto o más violentas en la frontera sur (detenciones arbitrarias, hacinamiento, deportaciones ilegales, discriminación) contra migrantes centroamericanos y caribeños principalmente, como los conocidos “excesos” de la Border Patroll y la ICE en la frontera norte contra migrantes de nacionalidad mexicana. Antes y después del acuerdo del 7 de junio, México ha funcionado como parte del muro antiinmigrante.

 

Salir del mito arancelario (y neoliberal)

 

Estamos ante un acuerdo paradójico siendo que, desde la imposición del neoliberalismo en el país (entre otras vías, por medio del TLCAN (Tratado de libre comercio), México es uno de los principales países que expulsan trabajadores migrantes del mundo, a la vez que, funge de agente práctico de las políticas regionales estadounidenses (no sólo respecto a migración, sino también en cuanto al “combate a las drogas”, geopolítica militar, entre otras). La gran justificación oficial del acuerdo ha sido que, de imponerse las cuotas, las consecuencias para la economía mexicana serían catastróficas, casi apocalípticas, además de que echarían abajo la posibilidad de la ratificación y puesta en vigor del T-MEC, versión actualizada del TLCAN negociada, en el último tramo, tanto por el anterior gobierno de Peña Nieto, como por el entonces equipo de transición de AMLO.

Propios y extraños al nuevo gobierno aseguran, y ésta es parte de la fuerza que permite el chantaje de Trump, que, de imponerse unilateralmente aranceles el fracaso económico de México es inevitable. El TLCAN, firmado en 1993, fue de los más significativos ejemplos del nuevo periodo de integración económica que junto con otras experiencias, como la hoy en crisis Unión Europea, ayudaron a levantar el andamiaje ideológico del neoliberalismo, la globalización y la supuesta armonía entre democracia y libre empresa, hoy rota.

 

Y es que uno de los más fuertes mitos ideológicos del neoliberalismo es el que reza que la única vía para el desarrollo es el abierto y pleno libre comercio, ausencia de aranceles; desregulación laboral y ambiental; y austeridad fiscal y la atracción de inversión extranjera como prioridad estatal. Ninguno de los países (desde los primeros poderes imperiales de Reino Unido, Bélgica o los Países bajos, hasta la poderosa China imperialista de hoy) del actual centro capitalista alcanzaron este estatus a partir de la ausencia de medidas que protegieran a sus nacientes capitales nacionales. Y no fue sino hasta que el centro capitalista fue tal, que empezó a “recomendar” a sus periferias que el camino para el desarrollo pasa por la apertura de sus propios mercados en condiciones de negociación inequitativas dados las estructuras y capitales que sustentan a cada Estado. De nuevo, el TLCAN es un ejemplo paradigmático de la simulación diplomática entre iguales para países tan desiguales.

 

El augurio de crisis económica en caso de hacerse efectivas las amenazas de Trump parte de dicho mito. Claro que décadas de TLCAN han hecho que la economía mexicana sea profundamente dependiente del desenvolvimiento estadounidense y, al menos, se habría esperado una drástica devaluación del peso, lo que paradójicamente podría compensar los términos de intercambio para hacer un contrapeso coyuntural a las tarifas. Seguramente que, al poco tiempo de aplicadas las tarifas las presiones sobre las empresas estadounidenses (maquiladoras, agroexportadoras, capitales comerciales) habrían comenzado a sentir los efectos y, en poco tiempo habrían ejercido presión al gobierno de Trump, junto con sectores de ambos partidos en el Congreso y el experimento arancelario habría fracasado. Por no hablar de la posibilidad del gobierno mexicano de establecer cuotas espejo u otras herramientas que el gobierno de AMLO decidió no echar mano.

 

Sin embargo, es indudable que el shock económico de corto plazo para México se habría sentido con fuerza. Pero no por la abstracta aplicación o no de aranceles, sino como producto de la profunda e histórica dependencia, neocolonial y subordinada, de la economía mexicana a la estadounidense, la cual, en el último cuarto de siglo ha sido profundizada justamente por el TLCAN y, ahora, por el T-MEC, cuya ratificación fue prioridad del nuevo gobierno, mientras en Estados Unidos y Canadá, no tienen ninguna prisa. La paradoja está en que, para evitar choques de corto plazo, se ha optado en mantener y profundizar las condiciones de dependencia económica a largo plazo, lo que reduce los márgenes de maniobra soberanos de México.

 

Por otro lado, uno de los puntos en que el llamado proceso de integración norteamericano se diferencia de, por ejemplo, la Unión Europea, es la ausencia deliberada de la fuerza de trabajo de las mesas de negociaciones, hasta ahora. Desde el punto de vista de la economía marxista, las y los trabajadores no somos sino mercancía, con un precio y que se vende producto de la necesidad de obtener un salario para sobrevivir. A diferencia de Europa, donde la reducción de barreras comerciales vino acompañada también por garantías de tránsito entre ciudadanos de la región hasta alcanzar la moneda única y la ciudadanía europea; en el caso de Norteamérica, la posibilidad del libre tránsito de fuerza de trabajo siempre estuvo por fuera de las pláticas. Esto trajo como consecuencia la promoción económica de la migración no regulada, miles de muertes en el Río Bravo y el desierto de Arizona, así como condiciones de ilegalidad para trabajadores de origen latino en Estados Unidos, expuestos a peores condiciones salariales y laborales respecto a sus pares legalizados, otra base histórica del “progreso” estadounidense.

 

Imperialismo, un ejemplo práctico

 

Se ha dicho hasta el cansancio una obviedad: detrás de las amenazas de Trump se encuentra su motivación por construirse un entorno favorable a sus pretensiones de reelección el próximo año. No sólo porque revive al “enemigo” (migrantes, mujeres, personas de color, personas LGBT), contra el cual, supuestamente Trump pelea en pos de los “intereses de EU”; sino porque también puede dar muestras concretas a su electorado de estar acabando con la supuesta crisis migratoria, es decir, que va venciendo.

 

Pero más allá de los cálculos individuales de quien hoy ocupa la casa blanca, hay en el chantaje de Trump una tendencia más profunda, un golpe de autoridad en la mesa que no proviene del presidente estadounidense en lo individual, ni siquiera de su partido, sino del imperialismo. El episodio de junio es un ejemplo transparente de la existencia y poder que tiene el imperialismo en toda Latinoamérica.

 

De repente, resulta algo ocioso especular si el actuar del gobierno mexicano en las negociaciones fue o no el mejor o si se podía o no, iniciar alguna especie de conflicto comercial con los Estados Unidos (aranceles espejo, controversias en la OMC, etc.) pues no sería una disputa medianamente equitativa a diferencia de la guerra comercial que actualmente sostiene el vecino del norte con China, un poder capitalista que puede hacerle frente y cuyo desenlace es de pronóstico reservado. El margen de acción, en los tiempos y ritmos impuestos por el chantaje, es limitado para el Estado mexicano, las opciones y baraja era limitada, mucho más si el universo se reduce a defender a toda costa el arancel cero.

 

Los pies de barro de la nueva hegemonía

 

Para la política mexicana lo más destacable de toda esta telenovela comercial, no tiene que ver con la hipótesis de un mundo sin libre comercio o las condiciones de chantaje y negociación; sino el uso político del episodio por AMLO y, a la vez la exposición de lo que parecía, era una solidez política inexpugnable.

 

Desde la noche de la elección a inicios de julio de 2018 hasta ahora, el escenario político ha sido dominado absolutamente por AMLO. Más allá de la audacia de literalmente madrugar a todo mundo con las mañaneras, aunque a largo plazo le podrá generar un desgaste innecesario; ni la gran legitimidad que la apabullante elección le concedió en comparación con sus antecedentes ilegítimos y repudiados incluso antes de asumir el cargo, sino sobre todo que, con la elección de Obrador se abrió un nuevo periodo en la historia política de México.

 

Un nuevo ciclo que apunta hacia la consolidación de un nuevo régimen político, que en la actualidad se encuentra delineando sus principales características. De ser así, el camino de AMLO hacia un nuevo régimen, el de la “4ta transformación”, pasa por construir el nuevo gran pacto social, la nueva hegemonía que vendría a sustituir al anterior. Simbólicamente, sus pilares tomaron una silla en el mitin de Tijuana: parte importante del empresariado mexicano, los tradicionales poderes locales y regionales (en su mayoría guiados por el pragmático instinto de supervivencia), las iglesias evangélicas (no así, aún, la jerarquía católica), el tradicional sindicalismo oficialista (la CTM y el SNTE), elementos nacionalistas y progresistas; una nueva hegemonía en la que, por cierto, está excluida la izquierda.

 

En este camino, mantener la estabilidad política y financiera del país a corto plazo es central para AMLO, pues le permite mantener un contexto propicio para que selle la nueva alianza. Es decir, más que ganar la continuidad de los aranceles, Obrador ganó supervivencia. Con una oposición a la derecha que continúa lamiéndose las heridas y se encuentra hundida en una profunda crisis, por un lado, y el espacio social a la izquierda del gobierno no encuentra canales de articulación y expresión propia aún, por el otro. Parecería que el control obradorista del país no tenía puntos ciegos. Sin embargo, el choque a corto plazo de un posible cambio en las condiciones de comercio con Estados Unidos, más que traer una catastrófica crisis económica, habría roto esta gran alianza en construcción. El leiv motiv del gobierno de AMLO, antes que mantener el TLCAN, era garantizar su propia existencia a largo plazo. Lo que revela los pies de barro, propios de una nueva hegemonía en un país dependiente, tan vasto, complejo y contradictorio como lo es México un nuevo pacto de gobernanza como el que impulsa el nuevo gobierno.

 

¡Antimperialistas!

Entre los dichos y los hechos del nuevo gobierno hay un gran trecho. Mientras AMLO afirma que se acatarán las condiciones de Trump con respeto a los derechos humanos, la Guardia Nacional (GN) se estrena deteniendo a trabajadores centroamericanos e incrementando las deportaciones. Si no se quiere caer en los mismos argumentos que la base electoral supremacista blanca de Trump usa contra los mexicanos, la capitulación del gobierno de AMLO para convertirse, en los hechos, en el prometido muro a costa de las finanzas mexicanas, es indefendible, por donde se le vea. Poner intereses comerciales y cálculos políticos por sobre los miles de personas que escapan de violencias, miserias y destrucción del tejido social como las que aquí sufrimos no puede ser reivindicable de ninguna manera, por más que se vea el evidente chantaje.

 

El episodio ha demostrado, en los hechos, la ficticia soberanía del país. Sin un marco soberano de acción, el proyecto de la “4T”, eventualmente chocará con el auténtico muro (económico, político, ideológico) del imperialismo. Ante lo cual AMLO tendría que tomar una decisión política: ser consecuente con su programa y proyecto, o resignarse a administrar el Estado mexicano, sin consolidar un nuevo régimen. Si optara por la primera no habría otra vía que algún tipo de confrontación antiimperialista, lo que al día de hoy, se antoja poco probable.

 

 

 

 

[1] https://lopezobrador.org.mx/wp-content/uploads/2019/05/30-05-2019-Carta-al-presidente-Trump.pdf

 

[2] https://www.pscp.tv/w/1DXGyNVYXMNJM

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload