ELECCIONES SIN IZQUIERDA SOCIALISTA…

«Hay un cuadro de Paul Klee llamado Angelus Novus. En este cuadro se representa a un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira fijamente. Los ojos se le ven desorbitados, tiene la boca abierta y además las alas desplegadas. Pues este aspecto deberá tener el ángel de la historia. Él ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de datos, él ve una única catástrofe que amontona incansablemente ruina tras ruina y se las va arrojando a los pies. Bien le gustaría detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destrozado. Pero, soplando desde el Paraíso, una tempestad se enreda en sus alas, y es tan fuerte que el ángel no puede cerrarlas. Esta tempestad lo empuja incontenible hacia el futuro, al cual vuelve la espalda mientras el cúmulo de ruinas ante él va creciendo hasta el cielo. Lo que llamamos progreso es justamente esta tempestad.» -Walter Benjamin


Gobierno bonapartista y neo-extractivista


1. Andrés Manuel López Obrador (AMLO) llegó a la presidencia gracias al rechazo masivo a los gobiernos neoliberales del PRIAN y sus satélites. En este gobierno de AMLO se proyectaron los anhelos populares de cambios sociales verdaderos e históricos. Esta aspiración popular de transformación social se recogió en el discurso repetido de la Cuarta Transformación (4T).


Sin embargo, las verdaderas transformaciones sociales implican la irrupción de las masas intentando tomar con sus manos su destino, disputando el poder político y haciendo rápidos cambios en el régimen. Por supuesto, esto no ha ocurrido en México, en donde tenemos un gobierno bonapartista, con un Caudillo que quiere colocarse por encima de la lucha de clases, buscando una imposible conciliación social. Como todo gobierno bonapartista, el poder ejecutivo se sobredimensiona reafirmando así al tradicional presidencialismo mexicano.


Pero todo gobierno tiene una base estructural a la que se corresponde o quiere transformar. Esa infraestructura del gobierno de AMLO es, por supuesto, capitalista, pero de un histórico capitalismo colonial y neocolonial sustentando en el extractivismo y sus relaciones de dependencia (económica, política, cultural) con el capitalismo imperialista, lo que supone enormes transferencias de valor y plusvalor generados en nuestro territorio que se van al exterior.


La base material de este gobierno sigue siendo una economía centrada en la extracción masiva de recursos naturales (petróleo, metales, monocultivos) para su exportación, dependiente de la inversión extranjera, de normas comerciales impuestas, de políticas económicas delimitadas por acuerdos e instituciones financieras al servicio de los grandes capitales internacionales.

Este extractivismo implica y ha implicado un histórico despojo y saqueo de riquezas naturales, la destrucción de comunidades tanto de pueblos originarios como de campesinos, una grave devastación ecológica, más desigualdad, pobreza y exclusión, así como la reafirmación de nuestra condición neocolonial dentro del capitalismo mundial. Reafirmado como camino al Progreso, el extractivismo latinoamericano no ha sido sino nuestra “catástrofe que amontona incansablemente ruina tras ruina.”


El gobierno de AMLO, como el de otros gobiernos “progresistas” de América Latina, no tiene el proyecto de trascender al capitalismo, ni siquiera pretende romper con el extractivismo. Por lo contrario, lo reafirma como centro de su ilusorio modelo desarrollista, como el camino al Progreso, inaugurando en México (como lo intentaron los gobiernos progresistas latinoamericanos) un “neo-extractivismo” con mayor intervención del Estado, intentando renegociar las rentas y beneficios del extractivismo en manos del capital privado mientras reimpulsa las empresas extractivistas públicas y nacionales. Estos beneficios públicos buscan sustentar la superficial redistribución de riquezas que se promueve -que no afecta la desigualdad estructural que supone el sistema capitalista-, realizada, además, de manera corporativa para garantizar así el apoyo popular a su gobierno.


Aunque esta ayuda es superficial y puede ser eliminada por un gobierno con otra orientación, es muy extensa y significativa: beneficia a 24.5 millones de personas con diferentes programas sociales dirigidos a campesinos y pueblos originarios, pequeños empresarios, estudiantes, mujeres, adultos mayores, discapacitados, población urbana. Éste es el verdadero sostén del gobierno de AMLO y lo que explica su respaldo popular y su legitimidad.


Desde la perspectiva de una izquierda ecosocialista, una verdadera transformación social debe enfrentar de manera radical, sin andarse por las ramas, la cuestión social: la desigualdad social, la pobreza material y ecológica, la sobreexplotación del trabajo productivo, reproductivo y de la Naturaleza, que siguen creciendo y afecta a la mayoría de nuestra población. Para cortar radicalmente con esta situación es necesario modificar la condición subordinada y neocolonial de la estructura económica de nuestro país, iniciando un proceso de transición que nos permita romper con las cadenas del extractivismo y sus secuelas de despojo, destrucción social y devastación ecológica.


Progresismo tardío, muy tardío


«El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.» -Antonio Gramsci


2. Es claro que este gobierno bonapartista de AMLO se coloca en la estela de las políticas de los gobiernos progresistas latinoamericanos, pero después de que pasó el momento del alza de precios de los productos del extractivismo (commodities), en el contexto de una crisis capitalista agudizada por la pandemia y el confinamiento. Además, la llegada a la presidencia de AMLO no ocurrió acompañando y expresando, como sucedió con otros gobiernos progresistas, enormes movilizaciones sociales que pusieron en crisis la legitimidad o gobernabilidad del antiguo régimen. El triunfo de AMLO se impuso por la fuerza de los votos de repudio a los gobiernos neoliberales y por la propuesta de un pacto de transición que no afectara al bloque que antes gobernaba. También es verdad que ya se habían observado los límites de estos progresismos y sus ciclos finales, en los que la derecha -vuelta abiertamente ultraderecha- regresa con aires revanchistas al gobierno. Por eso, el progresismo del gobierno de AMLO resulta tardío.


Llegando a la mitad del sexenio, es claro que el progresismo tardío del gobierno bonapartista de AMLO no intentó a fondo, en su primera fase, alterar al régimen político vigente. A diferencia de otras experiencias progresistas (como las de Ecuador, Bolivia y Venezuela), que promovieron cambios constitucionales e institucionales, el gobierno de AMLO dejó vivas a las instituciones del régimen oligárquico neoliberal; por ejemplo, gran parte de leyes neoliberales (como la energética, la educativa, la electoral) y sus estructuras de poder, como el INE y el poder judicial (penetrados por la ultraderecha y la corrupción), los medios de comunicación de masas y los desgastados partidos tradicionales (PRI, PAN, PRD).


Este gobierno tampoco se preocupó por unificar y fortalecer al partido político que canalizó los votos de descontento al neoliberalismo. MORENA se mantiene sin una definición ideológica y política, ya dividido en varias tribus, con una burocracia que concentra el poder y las decisiones partidarias (como la imposición de impresentables candidatos electorales), estrechamente enfocado a la lucha electoral, cada vez más desligado de las luchas sociales significativas de este período (feministas, ecosociales, de los trabajadores), sobreviviendo a la sombra del caudillo.


Con el discurso de la lucha contra la corrupción, este gobierno ni siquiera ha castigado judicialmente a todos los delincuentes políticos y empresariales que han sido denunciados, e incluso procesados, con abultados expedientes de pruebas de sus fechorías multimillonarias.


Aunque AMLO proclamaba la muerte del neoliberalismo en México y el fin del régimen que era funcional al mismo después de su triunfo electoral y la asunción de la presidencia de México, ahora reconoce que ese régimen está bien vivo, protegiendo las leyes neoliberales y tirando sus tardíos y tibios intentos de modificarlas. Unos cuantos días antes de las elecciones intermedias del 2021, se nos informa que dos jueces tumbaron la reforma petrolera de López Obrador y que Pemex deberá regresar al esquema impuesto por Peña en 2014 (La Jornada, 1 de junio 2021).


La realidad política mexicana ha desgarrado las ilusiones en torno al nuevo régimen político que nació con la llegada a la presidencia de AMLO, mostrándonos al viejo régimen neoliberal bien vivo y enfrentando a un tardío y tibio gobierno progresista.


En realidad, vivimos un momento definido por Antonio Gramsci, que bien puede abarcar el momento histórico del progresismo latinoamericano, en donde “el viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos.” Es cierto que, en América Latina, el viejo régimen neoliberal se muere (pero no está muerto) porque carece de legitimidad para seguir aplicando sus políticas antipopulares, pero todavía no aparece un nuevo régimen (que para ser consecuentemente neoliberal debe ser anticapitalista), de modo que vivimos en un claroscuro donde surgen los monstruos de la ultraderecha golpista.


Elecciones intermedias y disputa por la hegemonía


«El concepto de hegemonía implica... en Gramsci la articulación de un bloque histórico en torno a una clase dirigente, y… la formulación de un proyecto político capaz de solucionar una crisis histórica de la nación y del conjunto de las relaciones sociales.» -Daniel Bensaïd


3. En México, las elecciones intermedias, de mitad de sexenio, en la que se vuelve a disputar la mayoría de las cámaras legislativas y algunas gubernaturas, han sido poco atendidas por los electores. Sin embargo, esto no ha ocurrido con las elecciones intermedias del 2021.


Estas elecciones se han vuelto una abierta guerra política preparatoria para la batalla por la presidencia en el 2024.


El viejo régimen neoliberal del capitalismo salvaje se ha rearticulado para combatir al gobierno progresista de AMLO.


El poder judicial tira las leyes del nuevo gobierno y deja intocados a los delincuentes políticos, atrincherados en sus feudos; el INE y el Tribunal Electoral se preparan para otro fraude más; los medios de comunicación de masas se descaran como medios propagandísticos contra el gobierno de AMLO; los intelectuales orgánicos encubren la dictadura del capital con un lamentable discurso liberal dirigido contra una supuesta dictadura populista.


El poder económico, los patrones, obliga a sus lacayos políticos (PRI, PAN, PRD) a agruparse, sin importar las supuestas diferencias ideológicas, y registrar la coalición “Va por México” para quitar la mayoría legislativa a MORENA. Incluso el vetusto imperialismo yanqui, a través de la misma embajada de Estados Unidos en México, interviene en las elecciones y apoya económicamente a la coalición “Va por México”.


Separados del gobierno, el PRI y el PAN comprendieron que su divorcio fue lo que permitió que AMLO llegara a la presidencia, de modo que reanudaron su amasiato, pero ya descarado y hecho público (asistiendo como testigo lo que queda del PRD). El PRIAN regresa, pero alejado del gobierno federal, desprestigiado y debilitado, unidos por los patrones y la CIA para “mandar al carajo a MORENA” (como lo expresó en un mitin de apoyo a Margarita Zavala el representante de la lumpenburguesía mexicana, C. Xicontecantl G.).


Más que una disputa por la hegemonía ideológica, que buscaría generar un consenso o respaldo por parte de las clases subalternas, una derecha que se ha vuelto abiertamente ultraderecha prepara el terreno del golpismo.


Paradójicamente, el simplista binarismo político de AMLO se materializó en estas elecciones. De un lado están, agrupados y con ánimo de escalar la lucha de clases, las fuerzas del viejo régimen neoliberal que se niega a morir. Del otro lado… ¿quién está?


Está la figura del Caudillo, en una batalla política e ideológica que lleva a cabo cada mañana. Pero su Arca de Noé ya hace agua y sin él, sin duda alguna, se irá a pique, con su tentativa de hacer Historia. La fracción burguesa que se subió siempre será más fiel a los negocios y al dinero, así como los grupos religiosos que ahora tienen registro electoral siempre serán fieles, pero a su secta fanática. MORENA avanza rápidamente a su perredización: carece de ideología y sólo se enfoca en la lucha electoral; ya tiene tribus que luchan por sus beneficios particulares y cuenta con una burocracia (formada en el PRD) que decide todo; el supuesto movimiento de regeneración nacional se ha vuelto un aparato electoral separado e incluso enfrentado a las luchas sociales más importantes de este período (las de las feministas por sus derechos plenos, las ecosociales contra los megaproyectos extractivistas, la de los trabajadores por la recuperación de sus derechos), sin otra carta electoral que no sea la estampita de AMLO.


Con todo, es muy probable que el partido ligado al gobierno de AMLO vuelva a ganar estas elecciones intermedias (sin la garantía de obtener una mayoría legislativa o de llevarse todas las gubernaturas), más por el desprestigio de los otros partidos neoliberales y por los programas sociales que por la proyección política del partido. En ese sentido, no habrá hegemonía política de MORENA porque carece -diría Daniel Bensaïd leyendo a Gramsci- de “un proyecto político capaz de solucionar una crisis histórica de la nación y del conjunto de las relaciones sociales.”


Como quiera que sea, el destino de MORENA no es difícil de predecir. Conforme se acerque el final del sexenio de AMLO, sus divisiones internas en torno a la sucesión se van a manifestar de manera más abierta, hasta el punto de la división. Alguien (¿Claudia Sheibaum?) será el candidato presidencial de MORENA, pero algunos (¿Ricardo Monreal?) saltarán a Movimiento Ciudadano como candidatos presidenciales y muchos más abandonarán el Arca de Noé en un contexto de una disputa violenta por el poder con una ultraderecha debilitada pero golpista y dispuesta a todo por recuperar sus privilegios. Hasta es probable que sigamos atrapados en ese claroscuro, donde surgen los monstruos del golpismo, en el que “el viejo mundo se muere” y “el nuevo tarda en aparecer.”


Pero para que nazca ese nuevo mundo se requiere una izquierda no sólo anticapitalista sino socialista, ecosocialista.


Mientras tanto, tendremos este tipo de elecciones, sin alternativas de transformación verdadera y radical, sin una formación política que exprese o represente los intereses de la clase trabajadora y de los movimientos sociales, que anhelan una verdadera transformación social que los saque de este sistema, de este régimen y de estos gobiernos que no se atreven a ir más allá del capitalismo, aunque éste sólo nos lleve al desastre.


Necesidad y urgencia de una izquierda socialista en la disputa del poder


«Sin revolución social en un próximo período histórico, la civilización humana está bajo amenaza de ser arrasada por una catástrofe. Todo depende del proletariado, es decir, de su vanguardia revolucionaria La crisis histórica de la humanidad se reduce a la dirección revolucionaria.» -Leon Trotsky


4. Desde hace años, en México se borró del panorama electoral la presencia de una izquierda socialista. En un momento dado (en los años 80 del siglo pasado), incluso hubo dos opciones de izquierda socialista con registro electoral en México: el PCM y el PRT.


Alrededor de ellos empezaron a formarse dos polos de la izquierda socialista. En aquellos años se hablaba de un polo reformista y otro revolucionario, pero ambos con una perspectiva socialista. Con el crisis y posterior derrumbe del llamado “socialismo real” (en realidad, países sometidos a regímenes burocráticos metidos en la carrera productivista y desarrollista), a lo que se sumó la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas rompiendo con el PRI y sufriendo un fraude electoral que le robó la presidencia, el PCM vuelto PSUM, mutó en el PRD abandonando paulatinamente sus ideales socialistas, hasta colocarse -como hoy lo hace sin rubor alguno- en la cola de la alianza abierta del PAN y del PRI.


Cabe señalar que gran parte de MORENA de AMLO venía de ese PRD oportunista y carente ya de una ideología definida.


El PRT, mientras tanto, fue marginado del espacio político electoral al tiempo que se dividía en varias corrientes, pero preservando siempre un núcleo militante agrupado y ligado a la IV Internacional, buscando una convergencia socialista o un partido amplio en la Organización Política del Pueblo y los Trabajadores (OPT), al lado del bloque organizativo promovido por el SME (la Nueva Central de Trabajadores, la ANUEE y la Confederación de Jubilados).


Si durante el sexenio de Peña Nieto vivimos amplios movimientos de repudio a su presidencia fraudulenta y al neoliberalismo (desde el movimiento estudiantil #Yosoy132, pasando por ¡Fuera Peña Nieto! por la desaparición forzada de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa hasta la insurrección magisterial), llegando a discutir la posibilidad de una insurrección social contra su gobierno, todo el horizonte político de la izquierda socialista y radical cambió con la llegada de AMLO a la presidencia. La imposibilidad actual de una rápida “guerra de movimientos” para tirar un gobierno ampliamente impopular como lo fue el de Peña Nieto nos debería lleva a pensar en una despaciosa “guerra de posiciones”, de lucha hegemónica, en este nuevo período.


En esta fase, la izquierda socialista, presionada por un gobierno progresista enfrentado al régimen neoliberal y a la derecha que ya es ultraderecha, debe mantener su independencia política del gobierno y resistirse a diluirse en un partido como MORENA, donde no hay vida democrática ni consistencia ideológica y política.


Su perspectiva política debe ser la construcción de un polo de izquierda, independiente del gobierno y de su partido, que agrupe organizaciones políticas y movimientos sociales para unificar demandas y luchas, sembrando así la necesidad de tener una organización política que verdaderamente represente al pueblo y a los trabajadores, que se ligue estrechamente a los movimientos con potencialidades revolucionarias (el de los trabajadores, el feminista, el de las luchas ecosociales), que organice a los desorganizados, que herede la utopía ecosocialista entre los jóvenes, que reactive una lucha hegemónica en todos los planos de la vida social.


A nuestro favor está la crisis civilizatoria que padecemos, cuya vertiente más inquietante es el amenazante colapso climático, así como las recurrentes crisis capitalistas que hacen cada vez más evidente la inviabilidad de este sistema. También juega a nuestro favor el inestable capitalismo neocolonial y dependiente latinoamericano que nutre a esta tierra volcánica de recurrentes explosiones y rebeliones populares.


De hecho, la izquierda socialista debe estar organizada, visible y preparada para el desencanto popular del progresismo (como ocurrió en Chile y en Ecuador, por ejemplo) así como para los posibles estallidos sociales en el futuro.


Aunque es difícil conquistar el registro electoral en nuestro país, esta izquierda de la izquierda deberá ensayar formas de proyectarse en la arena electoral, sin abandonar la organización y la participación en los movimientos sociales, con candidaturas independientes, registros locales, campañas nacionales, etc.


Un paso previo será la construcción de ese gran Frente Popular que debe unificar, organizar y preparar a ese enorme sujeto colectivo que será el único capaz de hacer la transformación o revolución permanente que nos permitirá una verdadera transición del viejo mundo capitalista que agoniza al nuevo mundo ecosocialista que debemos hacer aparecer sin más tardanzas, antes del colapso climático y las catástrofes que lleva consigo el capitalismo.


Ciudad de México, junio del 2021