HUELGA INTERNACIONAL DE MUJERES: SI NUESTRAS VIDAS NO VALEN, PRODUZCAN (Y REPRODUZCAN) SIN NOSOTRAS



Melisa Esteva[1]


En México el desempleo sigue afectando directamente en mayor proporción a mujeres que a hombres. Según el INEGI, en el último trimestre del 2018 la proporción de mujeres desempleadas y con nivel de educación elevado era del 43.6% por ciento. Mientras que, en 2019, la tasa de desocupación de mujeres aumentó de 3.60% en abril a 3.61% en mayo y 4 de cada 10 personas de la población ocupada se encontraba en la informalidad, lugar donde las mujeres se hallan en una proporción más elevada.


Si bien, consideramos que las mujeres tienen una serie de desventajas económicas, políticas y sociales, cuando de patriarcado se habla, sumarse al grueso de las personas “económicamente activas” resulta en un doble reto. Sortear las responsabilidades que siguen permeando su género, así como los altos niveles de competitividad vuelven la posibilidad de emplearse en el mercado formal o informal en un casi una mera suerte que no depende necesariamente de las capacidades, preparación o herramientas adquiridas.

En el capitalismo nos encontramos con la premisa de que un salario remunera el trabajo (sobreexplotado) realizado y genera (además de plusvalor) una relación laboral entre quien emplea y quien trabaja. El pago por ese trabajo entonces reditúa a quien lo realiza y a quien lo recibe (además por supuesto, de reproducir el capital). El problema de esta aparente sencilla ecuación, resulta cuando nos encontramos con que no todos los trabajos constituyen en sí mismos un pago.


La división sexual del trabajo en el capitalismo mantiene en las mujeres la responsabilidad de la reproducción de la fuerza de trabajo que contempla un sinfín de funciones, como la crianza y atención a la infancia y personas mayores, administración, control, gestión y mantenimiento de un espacio, contención emocional, servilismo y disponibilidad permanente, y un largo etcétera. Este ha sido ya un tema desarrollado ampliamente en los últimos 50 años, y que recientemente ha impactado masivamente en las gruesas capas de mujeres que asalariadas o no, ven en el trabajo de cuidados que realizan, mayormente en el ámbito privado, el despojo de su fuerza de trabajo, pero a su vez, la potencialidad que esta tienen en el desarrollo de este sistema, lo que ha permitido revalorizarlo y generar en las mujeres procesos de concientización sobre su potencialidad.


Mujeres, precarización, producción y reproducción


El trabajo precarizado, la sobreexplotación y el despojo de los países del sur global, ha representado el sostenimiento de un mundo cuyo sistema capitalista mantiene desigualdades y genera entornos violentos que garanticen su reproducción bajo la premisa del sometimiento y control. Estas condiciones se han ido exacerbando a la vez que se disfrazan con un discurso de progresismo o emprendedurismo con el que se pretende atomizar e individualizar las soluciones a problemas sociales, perpetuando, en este caso la violencia laboral que va precarizando aun más la vida, mientras que, por otro lado, se justifica la explotación de la naturaleza a niveles macro, así como la invasión de territorios y el desplazamiento de poblaciones completas.


Los actos de resistencia resultado de estas políticas de muerte intensificadas en el periodo neoliberal los últimos 30 años han sido bastos, y en cada uno de ellos las mujeres nos damos a la tarea, consciente o inconscientemente, de ir visibilizando nuestras condiciones específicas. Colocar en estos movimientos la disputa ideológica sobre el reconocimiento de nuestro trabajo de cuidados ha sido una batalla también interna para las mujeres, pues si ya es complejo asumir la forma en la que el capitalismo se apropia de nuestro trabajo, recursos y territorios; lograr ver en el trabajo doméstico y de cuidados un doble despojo nos representa un golpe en la cara que ha sido difícil de asimilar, pues implica lograr mirar un sistema de dominación sexual que se expresa directamente en nuestros cuerpos y que ha permitido al capitalismo mantenernos subsumidas en una mayor pobreza o subordinación a través de relaciones de dominación y dependencia.


Mirarnos doblemente asaltadas por el capitalismo que se apropia de nuestro trabajo excedente (Según el CONEVAL, durante el segundo trimestre de 2019, las mujeres ocupadas recibían 77.8 pesos por cada 100 que percibieron sus pares hombres), pero también de nuestro trabajo reproductivo con ayuda del patriarcado (Tan solo en México, el CONEVAL señala que en promedio las mujeres dedicamos a los quehaceres entre 12 y 17 horas semanales más que los hombres, y entre 5 y 14 horas semanales más al cuidado exclusivo y sin remuneración de otras personas dentro o fuera del hogar) nos permite hacernos de elementos para comprender la causa de nuestro empobrecimiento y el cada vez mayor agotamiento por mantenernos a flote en un mundo que eleva constantemente los estándares de exigibilidad sobre los ideales de vida, aunado a lo desgastante que representa sobrevivir a la violencia feminicida, que se vuelve un logro cotidiano.


Porque en México, la mayoría de las mujeres estamos empobrecidas y vivimos al día. Según datos del CONEVAL, el porcentaje de mujeres que vive en situación de pobreza es del 35% de las mujeres mientras que 7.4% lo hace en pobreza extrema, lo que representa un total de 27.3 millones de mujeres,siendo las mujeres indígenas de los grupos más vulnerables, a ello habría que agregar que 1 de cada 4 hogares tiene jefaturas femeninas. Bajo ese escenario, a las mujeres se nos dificulta pagar renta, comida, transporte y servicios sin sentir que la vida se nos va en ello, o que no llegamos a fin de mes, para entonces iniciar de nuevo (muchas veces endeudadas) en un trabajo que ya sabemos, no garantiza las necesidades básicas para una vida digna. Además, al no contar con prestaciones, derechos laborales y por tanto jubilaciones ni pensión, ahorrar para nuestro “futuro” se vuelve una sobreexigencia y constantemente se refuerza la idea de que somos las responsables de nuestras carencias económicas, materiales y emocionales por no administrar adecuadamente nuestros recursos.


Esta situación, vista también en la vida de otras mujeres, nos ha permitido reconocer que no es resultado de un problema individual debido a nuestra torpeza por no saber administrarnos, o de no contar con los suficientes estudios, o no haber elegido adecuadamente una carrera, o por haber tomado “malas” decisiones, o no haber pensado adecuadamente en el futuro, o no estar suficientemente motivada. Este proceso de concientización deviene también del desarrollo de procesos autónomos necesarios para las mujeres y que han sido construidos según nuestras necesidades. En esta realidad las mujeres nos hemos preocupado por a tejer redes de solidaridad con otras con quienes, reconociéndonos en las mismas, o similares, condiciones hemos buscado generar nuevas formas de resistencia, engruesando la cuerda con el que esa red se va haciendo cada vez más grande y fuerte.


Las apuestas que se han generado alrededor del escenario de la lucha política actual en el que las mujeres hemos sido protagonistas, radican en la posibilidad de radicalización, así como de la perspectiva anticapitalista junto con los alcances internacionales que se han logrado. Todo esto se vuelve fundamental para seguir avanzando en la construcción de una estrategia política que coloque en la mira a ambos sistemas, el de opresión y el de dominación.


Apropiándonos de la Huelga


Desobedecer como acto de resistencia, también ha significado para las mujeres una oportunidad para crear y transformar. La historia de la lucha de las mujeres por sus derechos no ha sido pacífica y demuestra que ha permitido explotar la creatividad de cada una de las mujeres que en ella ha estado, haciendo que nuestro andar en el terreno político también logre innovar las formas de lucha del movimiento social y político.


La Huelga de mujeres, a la que se ha llamado a nivel mundial los últimos 4 años, ha sido la herramienta con la que se propone parar el mundo productivo y reproductivo: parar en nuestros puestos de trabajo, en el trabajo de cuidados que realizamos cotidianamente y en el consumo. Entender la Huelga como la vía para vincular el trabajo reproductivo con el productivo le da una potencialidad a escala mundial y posibilita hermanarse con mujeres de otras geografías, cuya coincidencia corresponde a la forma en que la división sexual del trabajo cruza nuestras realidades a través de nuestros cuerpos socializados como mujeres.


Las mujeres hemos llevado más allá el sentido de la Huelga al no solo mirarla como la forma de detener la producción en los centros de trabajo, sino llamando también a parar los trabajos de cuidados. Siendo México un país en el que las mujeres nos encontramos subsumidas en el desempleo y trabajo informal, como se mencionó antes, recuperar el terreno de los servicios y lo reproductivo se vuelve central. Cuando el ámbito de la informalidad laboral, que resulta en inestabilidad constante, se vuelve nuestra atadura, muchas veces se torna impensable la posibilidad de ausentarse un día, bajo el riesgo de no obtener el ingreso para sobrellevar el día, despidos o descuentos de los de por sí bajos salarios que ya se encuentran desproporcionados en relación al costo de la canasta básica (en 2019 constituyó el 50.4% del mismo).


Centramos nuestra Huelga en mirar la estructura de nuestra opresión sin dejar de lado el sistema económico en el que nos encontramos. El trabajo es ideológico y se ha dado entre mujeres que poco a poco vamos cuestionando nuestro rol, o que ya no logramos contener el hartazgo frente a políticas de Estado que nos han declarado la guerra hace décadas y nos ha tocado, en tanto no logremos una correlación capaz de contrarrestarlas, sobrevivir a pesar de ellas.


La Huelga, lo sabemos, se construye. Nos apoyamos de las condiciones políticas y sociales en las que nos encontramos para catalizarla, así como de la correlación de fuerzas que hayamos logrado tejer entre nosotras, porque como insiste Tithi Bhattacharya, es necesario comprender la complejidad de la clase propuesta por la teoría marxista, que es capaz de trascender las categorías seccionales y que es necesario ampliar tomando en cuenta el trabajo no asalariado. Ahí también las feministas socialistas hemos jugado un papel fundamental dentro del movimiento de mujeres que emerge con fuerza en este periodo, hacer comprender que este se compone por mujeres trabajadoras a cargo tanto del sistema de producción, como del sistema de reproducción social, fortalecerá la lucha internacional de la clase trabajadora, toda.


Hoy en México la violencia feminicida que lleva más de tres décadas siendo visibilizada y que sigue incrementando con expresiones cada vez más cruentas, se vuelve el eje sobre el que las mujeres cuestionan la valorización de sus vidas para este sistema. La gran mayoría de esas 10 mujeres asesinadas diariamente son niñas, jóvenes, adultas o mujeres mayores pobres, trabajadoras precarizadas, estudiantes o trabajadoras en el hogar. La impunidad, así como los pactos patriarcales imperantes en una sociedad indolente, impiden lograr justicia para todas aquellas a quienes les fue arrebatada la vida, esto nos recuerdan que la vida de las mujeres sigue siendo considerada desechable o está supeditada al control y voluntad del “otro”. Desde esa, nuestra realidad, retomamos y nos reconocemos también en la consigna ¡Si nuestras vidas no valen, produzcan sin nosotras!


[1]Feminista, militante del PRT

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