NO ES EL FIN DEL MUNDO: El capitalismo y la pandemia de la COVID-19


Imagen: Mario Rangel Faz. Colibrí

Andrés Lund Medina


1. Crisis capitalista y COVID 19


En estos días, en estas semanas, en estos meses, en estos tiempos fatales, vivimos, viviremos, una gravísima crisis capitalista mundial disparada, acelerada y empeorada por su infección con el virus SARS-CoV-2 que ha provocado la pandemia del COVID-19 que abarca al planeta entero.


La crisis capitalista estaba anunciada desde hace tiempo, pero la pandemia que amenaza con enfermar a más de la mitad de la población fue intempestiva. De alguna manera, la crisis económica estaba determinada necesariamente por la lógica capitalista; en cambio, la pandemia del COVID-19 es una contingencia que generó una enorme crisis sanitaria y ha puesto en entredicho tanto la forma de organización social en la que vivimos como las ilusiones tecnocientíficas de superar nuestra condición humana material de ser naturaleza viva, finita y frágil, inter y ecodependiente.


El que la pandemia del COVID-19 sea un hecho contingente no significa que las sociedades preocupadas por la vida humana no se preparen para enfrentarlas. Pero gobiernos sometidos a la lógica capitalista de la ganancia dejaron de lado los programas de investigación y de prevención ante este tipo de virus. Les importó más el beneficio privado que la salud pública.

De hecho, la propia dinámica capitalista genera fatalmente crisis económicas cíclicas porque el capitalismo funciona como un poder ajeno al control social y hostil a la vida que, de manera automática, impulsa el productivismo y el consumismo de manera ilimitada e irracional, buscando incrementar las ganancias, valorizar el valor, obtener más dinero del dinero invertido (D-D'), explotando al trabajo humano y a la naturaleza. En el capitalismo, este tipo de crisis sirven para purgar al sistema económico para luego relanzar otra vez el productivismo/consumismo y la búsqueda de más ganancias, sin importar las consecuencias sociales, como el desempleo, la reducción de salarios, la quiebra de pequeñas o medianas empresas, así como el incremento de la miseria, el hambre, las enfermedades y la pérdida de vidas de las mayorías.


La crisis capitalista del 2020 estaba ya anunciada por muchos y variados analistas. Algunos la preveían como la parte baja de los Ciclos económicos largos del capitalismo, investigados por el ruso Kondratieff; otros la pronosticaban a partir de las tendencias de bajo crecimiento económico, sobre todo en el sector manufacturero, manifiesto en el 2019. La propia OCDE y el FMI ya observaban síntomas de un reducido crecimiento económico en las economías de Estados Unidos, Europa, China. Muchos economistas críticos señalaban como factores causales de la crisis del 2020 la inmensa deuda y el pago de intereses con que funciona el sistema económico (deuda calculada en un monto tres veces superior a lo que producen todos los países en un año), o las guerras comerciales interimperialistas (que recientemente derribaron los precios del petróleo) así como otra enorme burbuja financiera a punto de estallar, como efectivamente ocurrió en los primeros meses de este año.


Esta crisis económica va a repercutir con más fuerza en los países neocoloniales que por su condición subordinada son vulnerables a la caída de los precios de las materias primas, el peso del pago de intereses de la Deuda externa, la fuga de capitales, el despojo extractivista, las imposiciones de organismos financieros proimperialistas.


Por supuesto, la crisis capitalista del 2020 se ubica dentro de la tendencia decreciente de la economía mundial, correlacionada con la caída en inversiones y con la tasa de ganancias, el caos geopolítico y la crisis de gobernabilidad y ecológica mundial.


El virus SARS-CoV-2 generó una pandemia globalizada que, a su vez, provocó una crisis sanitaria que detonó, aceleró y agravó una crisis económica originada e incubada por la propia dinámica capitalista. Aunque la crisis económica del 2020 estaba anunciada, no podemos soslayar que esta pandemia ha tenido un terrible impacto económico amplificando la crisis económica y social.

La COVID 19 es una enfermedad respiratoria que afecta gravemente a las personas de la tercera edad con enfermedades crónicas, particularmente aquellas causadas por la intoxicación del medio ambiente y el consumo de las mercancías tóxicas de la industria alimentaria: obesidad, diabetes, hipertensión, etc.


Esta enfermedad es causada por el virus SARS-CoV-2, que pertenece a la familia de coronavirus. Se reconoce que estos virus tienen un origen animal no humano. Aunque es probable que este virus tenga un origen natural, su propagación entre los seres humanos es económica y social, y ésta puede deberse a la urbanización ecocida que nos acerca con animales no humanos con sus propios virus o por la cría industrial de animales no humanos, en donde se generaron, por ejemplo, los virus de la gripa aviar (SARS) y la gripa porcina (A-HIN1). La cría industrial de animales no humanos no sólo les impone terribles condiciones de vida a éstos sino que los satura de tóxicos (pesticidas, antibióticos, transgénicos, antivirales) que crean más enfermedades virulentas que transmiten a los humanos. Al parecer, este virus está ligado a la industria alimentaria, la cual no solo genera virus cada vez más peligrosos sino deforestación, contaminación así como mal nutrición (obesidad, diabetes, hipertensión, etc.), factores que vuelven más vulnerable a la mayoría de la población humana ante estos coronavirus.


La pandemia del COVID 19 empezó, desde finales del año pasado, en China e infectó de inmediato a Corea, países que al parecer han superado la crisis sanitaria pues desde hace semanas no suben sus cifras de infectados y muertos. Luego, la pandemia se propagó por todo el mundo, desarrollándose con fuerza en Europa y luego en Estados Unidos, pasando poco a poco a los países neocoloniales.


En el mes de marzo la pandemia se elevó a 100 mil infectados hasta llegar, a principios de abril, a más de un millón de infectados y más de 70 mil muertos, afectando principalmente a Estados Unidos, España, Italia, Alemania, Francia, Reino Unido, con miles de infectados y de muertos. Para finales de abril ya tenemos más de 3 millones de contagiados y más de 200 mil muertos y apenas avanza en los países del Sur global…


Pese a que algunos gobiernos de Europa empiezan a flexibilizar el confinamiento, la pandemia de COVID 19 no está pasando sino que, más bien, se está acelerando, aumentando el número de infectados y de muertos, extendiéndose de manera imparable por todo el mundo, llegando por fin a los países neocoloniales, en donde la mayoría de la población está en una situación de pobreza y exclusión, viviendo sobreexplotados en la producción y en la reproducción (que recae principalmente en las mujeres), con insuficientes y debilitados sistemas de salud, con carencias en servicios básicos como el acceso al agua o a una vivienda digna, con una enorme crisis de cuidados, además de una carga de enfermedades crónicas. Cuando la pandemia cobre fuerza en estas regiones, sus consecuencias pueden ser catastróficas. Esto ya lo estamos empezando a observar en países latinoamericanos (Brasil, Ecuador, México) en donde la pandemia se empieza a expandir masivamente.


Mientras más grande es el número de infectados de esta pandemia, mayor es la cantidad de enfermos graves que requieren servicios médicos y, en consecuencia, aumentan más los muertos. La inhumana política capitalista neoliberal de reducir el gasto público en servicios sociales, como la salud, provocó el colapso de sistemas de salud incluso en los países del Norte global así como un mayor número de muertos. Esta pandemia ha mostrado al capitalismo como un terrible genocida.


Ante la situación de emergencia provocada por una pandemia que se extendía muy rápidamente, carentes de vacunas, medicinas o servicios médicos suficientes, los gobiernos impusieron la política sanitaria del aislamiento social, sin importar las desigualdades sociales, sin considerar la precaria condición de los trabajadores, los informales, los pobres, los migrantes. Aquellos que tuvieran recursos o algún tipo de protección social (salario y seguridad pública, becas, bonos de desempleo) podrán sobrevivir, pero a los desempleados, informales, pobres o migrantes se les está condenando a una muerte determinada por las injusticias y desigualdades del sistema capitalista. El darwinismo social se reveló como la verdadera política del capitalismo.


La propia enfermedad y las medidas tomadas por la mayoría de gobiernos, el masivo confinamiento que ha parando la vida económica, dispararon, amplificaron a nivel mundial y agravaron la crisis económica que se venía gestando.


Por un lado, más de 300 millones de personas confinadas que limitan su consumo a lo básico generan necesariamente una crisis de demanda y la quiebra de comercios y pequeños negocios de servicios; por otro lado, la falta de insumos, la quiebra de cadenas productivas y la orden de parar la producción, provocó una crisis de oferta y el cierre temporal o definitivo de industrias, con su secuela de desempleados, miseria y hambre. Esto, a su vez, causa descontento, huelgas salvajes, saqueos de comercios, exigencias de intervención estatal, social y militar, para mantener cierto orden (como sucedió en Italia). Las políticas sanitarias se vuelven, entonces, políticas de control social: se instituyen Estados de excepción como formas autoritarias para gobernar sin respetar los derechos humanos, sociales o democráticos. La crisis recesiva mundial que implica frenar gran parte de la economía ya está causando millones de desempleados y la quiebras de pequeñas y medianas empresas, afectando incluso a grandes empresas de servicios, como la aviación y el turismo.


2. La pandemia va a pasar pero los desastres del capitalismo se quedan


La pandemia de la COVID-19 ya rebasó los tres millones de infectados a finales de abril, sigue en Europa y escala de manera alarmante en Estados Unidos (más de un millón de infectados y más de 60 mil muertos), pero apenas está penetrando en el Sur global, es decir, en los países neocoloniales y con porcentajes altos de desigualdad, de pobreza y desempleo, de sectores informales y excluidos, de carencias de servicios básicos (salud, agua), de mal nutridos y con enfermedades crónicas.


Aunque el nuevo coronavirus no distingue la condición social de las personas, su letalidad es y será mayor en la población del Sur global, en personas de la tercera edad con ciertas enfermedades pero también en los trabajadores sobreexplotados, en las mujeres que se desgastan trabajando fuera y dentro del hogar, en los que viven del sector informal, en los pobres y marginados, en los migrantes.


De hecho, lo que se puede pronosticar en esta situación tan complicada para la humanidad es un triple desastre, a saber:


Desastre de salud


Todo indica que se cumplirá lo que han dicho expertos epidemiólogos de la OMS, quienes calcularon que más de la mitad de la población mundial se infectará con este nuevo coronavirus. Si el porcentaje de letalidad sobre ese número de infectados es del 5%, entonces serán millones los que perecerán en esta pandemia. Muchos enfermos graves sobrevivientes quedarán muy afectados y el trauma social y psicológico será difícil de remontar. Con todo, habrá muchos que padecerán este nuevo coronavirus como un malestar pasajero propio y un malestar profundo con el orden mundial establecido. Quizás este magno desastre sanitario lleve a muchos a desear, necesitar e imaginar un mundo social que ya no se rija por el Capital, por el dinero que hace más dinero, sino por la salud, el cuidado, la vida.


Desastre económico


La OIT ya ha calculado que, en el corto plazo, 21 millones de trabajadores quedarán desempleados. Esto ya está ocurriendo en todo el planeta. También se observa que miles de pequeñas y medianas empresas están quebrando y van a seguir haciéndolo. Incluso grandes empresas corren el riesgo de desaparecer y, por eso mismo, muchos gobiernos van a apoyar a las grandes industrias (eximiéndolas de pagar impuestos, por ejemplo) y a rescatar bancos, como ya está pasando en Estados Unidos. Sin embargo, la recesión económica ya es mundial, será profunda y prolongada. Con todo, habrá luchas, se reactivará a otro nivel la lucha de clases, anticolonial, antipatriarcal, ecosocial. Estas son las crisis que generan luchas de vida o muerte, esclareciendo los intereses históricos de los sujetos que ya no tienen nada que perder.


Desastre político


La experiencia de imponer una política sanitaria como el aislamiento social fue aprovechado por varios gobiernos para instituir formas autoritarias de control poblacional e incluso Estados de excepción, suspendiendo derechos individuales, sociales y democráticos. Ante las luchas que se anuncian, esas formas políticas podrían volver a ser ensayadas. Con todo, cuando se pueda regresar al espacio público habrá que buscar ampliarlo haciendo escuchar las demandas de las mayorías en cualquier plan de recuperación económica y social. Tal vez se rompan los estrechos marcos de la democracia representativa y grandes frentes sociales y políticos luchen por ganar su espacio político y luchar por los intereses de las mayorías.


¿Qué deberían plantear esos frentes políticos independientes? Daniel Tanuro traza una serie de demandas de transición como las siguientes:


"Así pues, esta epidemia requiere poner fin a las políticas de austeridad, redistribuir las riquezas, refinanciar y desprivatizar del sector sanitario, poner fin a las patentes en el ámbito de la medicina, implantar la justicia en la relación Norte-Sur y dar prioridad a las necesidades sociales. Todo ello implica: prohibir el despido de las personas afectadas, garantizar el salario íntegro en caso de paro parcial, poner fin al control de la activación y las restricciones contra los subsidios sociales, etc. Es fundamentalmente en torno a estas cuestiones sobre las que hay que intervenir para hacer frente a las respuestas irracionales y los posibles derrapes racistas y autoritarios."

3. México: crisis sanitaria, económica y política


Como todos los países del mundo, México atraviesa esta crisis sanitaria mezclada con una grave crisis económica y lo hace con el gobierno bonapartista y "progresista" de Andrés Manuel López Obrador (AMLO).


Pese al programa económico de AMLO, México padecía antes del 2020 una parálisis de las actividades económicas; algunos economistas referían manifestaciones recesivas en la minería, la construcción, el sector manufacturero, etc., así como fuga de capitales. Además, el gobierno empezó a padecer la caída del precio del petróleo y la disminución de sus ingresos. El panorama económico se agravará con la crisis económica que rápidamente detonó y amplificó la pandemia provocada por la COVID-19.


Además de apostar por una peculiar política sanitaria que combina el confinamiento voluntario con el mantenimiento de actividades económicas básicas, levantar un sistema de salud para enfrentar los casos graves de la COVID-19 y dejar a los infectados en su casa, como "ambulatorios", este gobierno ha evitado, hasta ahora, imponer un Estado de excepción o formas autoritarias y represivas de control de la población.


Es imposible valorar en estos momentos la política sanitaria de este gobierno. De todos modos se ha advertido que serán miles los infectados y que la apuesta es que el sistema de salud sea capaz de atender los casos graves, sin soslayar que pueden ser miles los que mueran. Han señalado, asimismo, que un factor que agrava la situación de la pandemia son las enfermedades crónicas de la población mexicana (obesidad, diabetes, etc.). El balance de esta política sanitaria se tendrá que hacer después de que pase la pandemia, haciendo comparativos con otros países.


Igual de complicado es valorar la política económica del gobierno de AMLO ante esta doble y entremezclada crisis. Cabe señalar que el gobierno no sólo no impuso alguna modalidad de Estado de excepción sino que cuando detuvo las actividades económicas lo hizo buscando proteger los derechos laborales de los trabajadores, manteniendo sus programas sociales y protegiendo a los adultos mayores. Todo esto contrasta con las políticas de otros países neocoloniales: el presidente de Filipinas ordenó tirar a matar a los que no se quedaran en casa por la pandemia, el presidente de Chile vulneró los derechos de los trabajadores a favor de los empresarios, el presidente de Brasil afirma que la COVID-19 es una enfermedad menor, alienta a asistir al trabajo y a tomar cloroquina. El presidente de Estados Unidos minimizó la enfermedad, decidió atender la salud de la economía y ha sido incapaz de tomar medidas para detener el creciente número de infectados y muertos, esperando que mueran solo 100 mil estadounidenses, al parecer más preocupado por distraer a su auditorio con su supuesta guerra contra Venezuela en plena pandemia o sus tonterías.


Contra lo que muchos esperaban y a contracorriente de las típicas políticas neoliberales de rescate (deuda y ajustes estructurales fijados por el FMI), hasta ahora el gobierno de AMLO decidió mantener su proyecto progresista: sus programas sociales y desarrollistas. Como presidente bonapartista, en esta ocasión se colocó al lado de los pobres contra lo que los empresarios siempre solicitan: que el gobierno los rescate y se ponga de su lado.


En el contexto de la doble crisis, sanitaria y económica, el gobierno de AMLO declaró la guerra política contra los empresarios, que son los que están detrás de todos los grupos de derecha, siempre en guerra política e ideológica contra este gobierno. Sin embargo, lo cierto es que la derecha carece actualmente de una forma o figura política realmente competitiva, pero sin duda le apuesta al fracaso de este gobierno y a un empeoramiento de la crisis sanitaria y económica.


Como quiera que sea, México se va a hundir en una crisis sanitaria y una crisis económica con una abierta crisis política por la pugna entre el gobierno de AMLO y los empresarios.


4. Perspectivas políticas


En este necesario aislamiento físico, fuera de la vida pública y de los encuentros sociales, es imposible marchar, hacer asambleas, tomar las calles, gritar consignas, levantar nuestras banderas, conjuntar fuerzas, porque es importante cuidarnos, sobrevivir, pasar esta contingencia sanitaria para volver en su momento a nuestra política pública, anticapitalista, feminista y ecosocialista.

Esa política nos exige enfrentar una terrible crisis económica que, como siempre, quieren descargar sobre nuestros hombros. Y entonces volveremos a marchar, a mostrar nuestras banderas en las avenidas, a unir nuestras voces con los nuestros para gritar nuestra protesta y plantear nuestras demandas.

Mientras tanto, no nos queda otra que intentar hacer política desde las redes: escribir y publicar, circular nuestras posturas, debatir con otros, hacer periódicos y revistas. O hacer videos, circular carteles, promover encuentros virtuales…


Buscar en las redes a aquellos que esta pandemia les ha producido un malestar profundo con el orden mundial establecido para hacerlos desear, necesitar e imaginar un mundo social que ya no se rija por el Capital, por el dinero que hace más dinero, sino por la salud, el cuidado, la vida.


También podemos encontrar a los desempleados por esta crisis y tratar de unirnos a ellos para entender cómo funciona el sistema capitalista y planear acciones conjuntas. Recordemos que son este tipo de crisis las que generan luchas de vida o muerte, las que permiten cobrar conciencia de los intereses históricos de las clases y grupos que ya no tienen nada que perder, excepto sus cadenas...


Y cuando, por fin, podamos salir de nuestro encierro debemos intentar abrir el espacio público más allá del Bonaparte mexicano y los partidos políticos existentes, haciendo escuchar las demandas de las mayorías.


Quizás la fuerza de los descontentos nos permita romper los estrechos marcos de la democracia representativa construyendo grandes frentes sociales y políticos, Coordinadoras o Asambleas populares, que luchen por ganar su espacio político para organizar ese otro poder popular dispuesto a disputar el poder político para hacer transformaciones radicales.


Desde ahora, confinados, podemos circular demandas básicas:


· Acabar con las políticas de austeridad desprivatizando y refinancienado los servicios de salud para que siempre estemos preparados para este tipo de emergencias con doctores, enfermeras y personal de salud bien pagados, con hospitales, camas y medicinas públicas y gratuitas


· Acabar con las patentes de productos medicinales para que como bienes públicos sean gratuitos


· Exigir que todos tengan derecho a los servicios de salud


· Exigir que no haya despidos y que se paguen los salarios íntegros


· Exigir que se expropien empresas que cierren y se les otorguen a los trabajadores


· Exigir apoyos a todas las personas y grupos afectados


· Salario universal para todos


Después de que pase la pandemia será urgente llamar a formar Frentes amplios de trabajadores y trabajadoras de las ciudades y del campo, de desempleados, de precarizados, que luchen por cambiar el sistema capitalista por uno centrado en la vida, la salud, el cuidado. Por supuesto, sus demandas de transición pueden ser más amplias, como las señaladas por Eric Toussaint:


“Es necesario luchar para que se ponga en marcha un vasto programa anticapitalista que incluya una serie de medidas fundamentales: la suspensión del pago de la deuda pública seguida de la anulación de todas las deudas ilegítimas ya sean privadas o públicas; la expropiación sin indemnización de los grandes accionistas de los bancos con el fin de crear un verdadero servicio público de ahorro, de crédito y de seguros bajo control ciudadano; el cierre de las bolsas; la creación de un verdadero servicio nacional de salud pública; la expropiación de las empresas farmacéuticas y de los laboratorios privados de investigación y de su transferencia al sector público bajo control ciudadano; la expropiación sin indemnización de las empresas del sector de la energía (para poder realizar de manera planificada la lucha contra la crisis ecológica) y muchas otras medidas radicales y fundamentales, entre las cuales las medidas de urgencia para mejorar de inmediato las condiciones de vida de la mayoría de la población. Hay que abrogar los tratados de libre comercio y relocalizar al máximo la producción, privilegiando de esa manera los circuitos cortos.”

Pero para ello necesitaremos una amplia organización política que organice un poder popular que dispute el poder político. Porque se trata de aprovechar esta doble crisis, sanitaria y económica, para impulsar una radical revolución social.


Y vuelvo a citar a Eric Toussaint:


“La respuesta necesaria a la pandemia del coronavirus debe ser la ocasión para avanzar hacia una auténtica revolución que modifique radicalmente la sociedad, en su modo de vida, su modo de propiedad y su modo de producción. Esta revolución podrá suceder solamente si las víctimas del sistema entran en autoactividad y se autoorganizan, para poder desalojar al 1 % de la población y a sus lacayos de los centros de poder y así crear una verdadera democracia. Una revolución ecologista y socialista, autogestionaria y feminista es necesaria.”

Las crisis económicas siempre son terribles, y más si son complejas y combinadas con una pandemia que hará estragos en la salud y la vida de millones de seres humanos. Otras crisis capitalistas también han sido desastrosas y se acompañaron de guerras mundiales. El capitalismo se aprovecha de ellas para reorganizarse y preservarse. Las y los trabajadores también debemos de servirnos de ellas, pero para organizarnos, cobrar fuerza y luchar por una sociedad que ya no se rija por el dinero que hace más dinero sino por la vida y su cuidado.


No vivimos el Fin del Mundo sino el principio de otro ciclo de lucha. Y si todos los afectados por el capitalismo a nivel mundial nos unimos, venceremos. En esta crisis ya no tenemos nada que perder, excepto nuestras cadenas. En cambio, decía Marx, tenemos un mundo por ganar. La vida, la lucha sigue.

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