RECONVERTIR

Andrés Lund Medina



La crisis sanitaria provocada por la pandemia de Covid 19 que aceleró, globalizó y agravó la crisis económica capitalista está obligando a reconvertir formas de pensar y de hacer política, de producir y de consumir, del propio funcionamiento del sistema.


Esta necesidad de reconvertir nos ofrece imágenes inusitadas: Trump exigiendo a la General Motors que se reconvierta para dejar de producir automóviles y fabrique ventiladores médicos; pequeñas empresas dejando de producir mercancías no esenciales para generar bienes necesarios como cubrebocas, mascarillas, equipo médico, etc. En México, muchos hospitales se han reconvertido para atender exclusivamente a enfermos de Covid 19, remitiendo a otro tipo de pacientes a hospitales privados, extendiendo así los servicios de salud pública.


Hasta los consumidores se han reconvertido: ya no compran compulsivamente productos inútiles sino sólo esenciales, como comida -que, además, no produzca obesidad, diabetes u otras enfermedades crónicas que nos hacen más vulnerables al nuevo coronavirus- y medicinas.


Con estas extrañas reconversiones, el valor económico capitalista, que sólo busca que el dinero invertido se incremente (D-D´) realizando la plusvalía, que el valor se valorice, se eclipsa en esta crisis y permite que el valor de uso, producido por el trabajo ahora visto como realmente útil o esencial, se vuelva una verdadera preferencia social.


El Estado también ha sido reconvertido, así sea insuficientemente. Si todavía hace muy poco éste era visto como un enemigo de la ilusión del libre comercio por los neoliberales, la realidad de esta crisis lo ha reconvertido para frenar el libre flujo de personas y mercancías, para atender la salud pública, para apoyar (aunque sea de manera limitada) a sectores vulnerables, funcionando de manera preponderante no para el desarrollo del capitalismo sino para la salud y la vida.

En las políticas públicas, en la producción y el consumo, por un momento -el de la crisis- se ha dado un atisbo de la necesaria reconversión de la sociedad hacia lo esencial: la vida, la salud, los cuidados, la subsistencia, la reproducción de la existencia.


Este atisbo de reconversión económica, política y existencial deberá mantenerse, ampliarse y profundizarse en estos momentos y a la hora de intentar reactivar la vida social después de la pandemia de la Covid 19 y durante la aguda crisis económica que se deberá enfrentar.


Esta reconversión requiere mantener un Estado que le ponga freno a una globalización determinada por los intereses del gran capital financiero y transnacional, con políticas antiimperialistas que terminen con la Deuda Externa, con el despojo extractivista de riquezas naturales, con la sobreexplotación del trabajo productivo y del trabajo reproductivo de los países neocoloniales.


Ante la gravedad de la crisis económica que vivimos, el actual Estado enajenado, ajeno y hostil a la sociedad porque sirve al Capital, debe ser reconvertido en un Estado social o benefactor que ya no esté subordinado a los intereses de los capitalistas sino que sirva a la sociedad, al pueblo trabajador. Ese Estado reconvertido debe garantizar servicios públicos (salud, vivienda, educación, agua, energía eléctrica, etc.) que lleguen a todos, así como una renta básica universal que garantice una vida digna para todos.


Un Estado de este tipo podría terminar con la enajenación de la economía, con el dominio de la Cosa (Dinero, mercancías, industria) sobre la Vida y el trabajo vivo, para que ésta no funcione para el incremento de las ganancias de unos cuantos (menos del 1%) sino para generar las condiciones materiales que garanticen una vida digna para todos sin explotación ni opresión alguna, promoviendo una efectiva igualdad de condiciones de vida para todos.

Este Estado reconvertido para cuidar la vida también debe ponerle freno a una economía enajenada y enajenante que daña la vida humana intoxicando el medio ambiente (aire, agua, tierra), que promueve el ecocidio (la literal destrucción de ecosistemas, de tierras fértiles, de la biodiversidad y de vidas humanas) y provoca un calentamiento global que de no estabilizarse pone en riesgo la supervivencia de la especie humana. La economía puesta al servicio de la vida debe restituir una gestión democrática y ecológica del metabolismo entre la sociedad y la naturaleza, de modo que no la contamine, destruya o desestabilice fomentando una soberanía alimentaria agroecológica, terminando con los megaproyectos ecocidas, impulsando una transición energética que abandone los combustibles fósiles, no renovables, privatizados, y contaminantes por energía renovable, no contaminante y pública, como la solar. Las ciudades no podrán seguir explotando al campo y el transporte público debe ser colectivo, público, gratuito y ecológico,


Por supuesto, este Estado desenajenado implica un verdadero Estado democrático, en donde el poder político esté en manos del 99.9% del pueblo trabajador, con formas de democracia directa y autogestivas. Por eso, la tarea de los trabajadores del campo y la ciudad, las mujeres, los jóvenes, los pueblos originarios es unirse, organizarse y crear una fuerza política para disputar el poder político para hacer la reconversión, la desenajenación de la política y la economía, que nos puede sacar de esta crisis y del mismo sistema capitalista.

La gravedad de esta doble crisis sanitaria y económica nos ha ofrecido atisbos de reconversión que nos permiten vislumbrar las posibilidades reales de una necesaria transición que nos saque del capitalismo y nos lleve a otro sistema que por sus contenidos puede llamarse ecosocialista.


Esta reconversión ecosocialista puede garantizar una reactivación de la vida social que tenga como su centro la vida, la salud, los cuidados y una gestión sana de la relación metabólica sociedad/naturaleza.


Por supuesto, la pretensión de regresar a la normalidad capitalista y neoliberal será un terreno de lucha y su imposición sólo nos garantiza crisis más graves que la que actualmente vivimos.


En México, la pretensión del gobierno bonapartista de AMLO que busca impulsar un proyecto “progresista” desarrollista ya no sólo resulta tardío sino totalmente frustrado por la doble crisis sanitaria y económica que ha derrumbado sus endebles bases económicas: el petróleo, el turismo, la inversión extranjera.


La idea de sustentar su desarrollismo con el petróleo, en vez de aprovecharlo para la necesaria transición energética, parece caerse junto con sus precios. Su apuesta por el turismo, que es la razón del mal llamado tren maya, también parece colapsarse por la ya anunciada crisis de este sector. Incluso su propuesta de atraer inversiones con megaproyectos ecocidas está en cuestión. ¿Con qué finanzas públicas podrá, entonces, sustentar sus programas de asistencialismo social?


La reconversión necesaria para salir de esta crisis y de las que se avecinan no requieren sustentarse en el petróleo sino en una transición energética como la señalada antes; nuestro país no puede depender del turismo sino de la soberanía alimentaria. No necesitamos más desarrollismo capitalista que contamina, destruye a los ecosistemas y calienta al planeta al mismo tiempo que genera explotación y desigualdad sino una economía para la vida, ecológica, feminista, sin explotación y con igualdad.


La falsa 4T parece condenada a fracasar en un solo sexenio, el de AMLO. La disputa por el futuro de esta nación requiere la fuerza de los trabajadores de la ciudad y del campo, del movimiento de las mujeres, de la organización de los pueblos originarios y de los jóvenes, unida y organizada para conquistar el poder político y reconvertir, desenajenar, transitar hacia un sistema que ponga en el centro la vida y no las ganancias.

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